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25/10/2018

 

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El Espíritu Secreto de las Bibliotecas

(Anotaciones de un arqueólogo de bibliotecas perdidas)

[Por Artemio Gris] El libro estaba casi destruido. Las tapas, otrora de color carmesí, lucían un rosa avejentado por el uso y, en su primera hoja, un nombre de mujer escrito en tinta dejaba testimonio de quien había sido su dueña. En el dorso de la cubierta podía leerse un listado de ciudades: “Pariggi, Buenos Aires, Rosario, Tucumán, Roma, Nápoli…”. Mercedes, tal era el nombre de aquella mujer, había escrito además en una frase: “viviré soñando, moriré durmiendo”.

Separado de su dueña a causa de la finitud de la vida humana y extraviado de la biblioteca originaria que lo supo albergar; este libro, abandonado a su suerte entre objetos destinados al olvido o al descarte en medio de una mudanza final, parecía implorar resignado un nuevo lector, otro espíritu que conjugue sus verbos y examine sus ilustraciones; ya que por su título, “El Pintor”, proponía a sus lectores las claves para adentrarse en el difícil oficio de los dibujantes y pintores. El azar lo dejó primero en mis manos y luego en la cálida presencia de otros tantos volúmenes que habitan mi biblioteca personal.

No fue la única vez que rescaté un libro, pero sí la primera que no fue premeditada. Todavía recuerdo una reflexión que contenía sobre el color: “…no forma parte integrante de los cuerpos, siendo para ellos a modo de vestido extraño con que se atavían descomponiendo la luz que reflejan…”; a partir de esta metáfora el autor deducía que, lo que constituye la personalidad de cada cuerpo, no es su coloración siempre variable y accidental, sino su forma que es inmutable. Acertada o no esta aseveración que incentivaba la curiosidad, terminó provocando interminables charlas sobre el carácter subjetivo u objetivo de los colores que vemos… y sólo era un libro de dibujo.

El azar, que me puso frente a aquel viejo manual de dibujo, pronto evolucionó hacia una actitud deliberada que me transformó en un verdadero explorador de universos paralelos contenidos en los libros, que dejaron de ser un mero códice de hojas cosidas para transformarse en portales de ingreso a dimensiones inesperadas que transforman en irreal al mundo prosaico y cotidiano del quehacer diario. Así comprendí que los libros no son aislados sino que derivan de otros libros que entretejen una red infinita de ideas, códigos y signos; que en la vida cada lector va descifrando a su manera, transcurriendo por diversos caminos y arribando a diferentes metas. Comprendí que, cuando un lector muere, los caminos recorridos y construidos durante años, por lo general se desvanecen cuando su biblioteca se desarma o se destruye.

Las bibliotecas generan un extraño sentido de pertenencia y afecto en sus dueños, que percibí al ver a mi padre disfrutar sus libros hasta el último de sus días. Sin embargo, sólo comprendí con el tiempo, el secreto que esas heterogéneas colecciones de signos y papeles guardan celosamente y que, si nadie las preserva ni descifra el enigma que contienen, está destinado a desaparecer.

Wikipedia

Jorge Luis Borges
Jorge Luis Borges

Biblioteca
Biblioteca

Biblioteca de Alejandría
Biblioteca de Alejandría

Entendí que un libro cobra un significado especial en una biblioteca y deja de ser un objeto aislado. Sus signos están vinculados con los signos de otros libros y tejen hilos invisibles que nos permiten salir del laberinto oscuro de la ignorancia, como el hilo de Ariadna permitió a Teseo liberarse del laberinto de Knosos.

Pude descifrar algo de la biblioteca de mi padre (o parte de los caminos que había recorrido), cuando pude entender qué relación había entre el nombre de las estrellas que consignaba una “Carta Celeste Móvil”, (extraño artefacto giratorio de cartón editado por “Troquel Graft”), un “Diccionario de Sectas y Herejías” de Luis Alberto Ruiz, editado por Claridad, una historia de Sumeria de Samuel Noah Kramer y un “Diccionario de la Biblia” en cuatro tomos también de Ruiz.

En sus últimos años mi padre me regaló una colección de libros que Jorge Luis Borges, seleccionaba por semana como sus favoritos. En el prólogo de esta colección, el escritor afirmó ser un ávido lector. En realidad muchos escritores (por no decir todos), antes de serlo, fueron ávidos lectores. Estas publicaciones podrían considerarse como el último y más emblemático legado de su arte, un conjunto de títulos integrado por sus preferencias literarias a la que denominó “Biblioteca Personal”. Estos volúmenes fueron publicados por la Editorial Hispamérica desde fines de 1985 hasta Junio de 1986, fecha en la que murió. A pesar de esta circunstancia, podríamos considerar a esta colección inconclusa de 75 volúmenes (originariamente se habían anunciado 100), como el más completo listado de libros preferidos del autor. Quedó para la imaginación y la especulación, resolver la incógnita de cuáles hubieran sido los veinticinco restantes autores que no llegó a seleccionar junto a su esposa María Kodama (¿o tal vez sí?).

¿Qué lleva a una mente curiosa a reunir textos tan heterogéneos como los Evangelios Apócrifos, el Libro Egipcio de los Muertos, o la saga de Gilgamesh, con relatos de Stevenson, un relato fantástico de Arthur Machen, los cuentos de Giovani Pappini, el ensayo titulado la inteligencia de las flores de Maeterlink, un libro de matemáticas y el cantar de los cantares? La respuesta está en esos libros y en los prólogos de Borges que citan otros libros. Como en sus cuentos que proponen universos concéntricos, cada libro lleva implícito otro libro y su “biblioteca personal” sugiere otras “bibliotecas paralelas” y caminos que se bifurcan creando dimensiones infinitas.

Examinando una librería anticuaria descubrí un libro que formaba parte de una colección más amplia titulada “El Bosque Sagrado”, editada por “Mundi” y dirigida por un viejo conocido literario de mi padre, el citado escritor Luis Alberto Ruiz. Había leído exhaustivamente su “Diccionario de Sectas y Herejías” y cuando vi su nombre comencé a hojear este volumen escrito por una investigadora llamada Lía Rubio Sterzul. El libro trata sobre “Las Fiestas Rituales” de la antigüedad y su segunda parte propone un título fascinante “Goliat, Tratado sobre los Gigantes”, que a su vez nos sumerge en mitologías antiguas y en un vasto criptograma, como lo expresa la contratapa del libro. Este volumen hoy integra mi biblioteca y me coloca en la pista de otros libros, que a su vez me impulsan a intentar descifrar el código infinito y secreto de las bibliotecas extraviadas que intento recuperar (Artemio Gris).

 

 

 

 

 

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