Agosto 2017

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Japón
 
 
 

¿Cuál es la Lección de Hiroshima?

Hiroshima

[SEPA] El 6 y el 9 de agosto se cumplen 72 años de los bombardeos nucleares que los Estados Unidos lanzaron sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki al final de la segunda guerra mundial. Los artefactos explosivos, apodados como “Litle Boy” y “Fat Man”, fueron lanzados desde dos aviones Boeing B29 “Enola Gay” y “BocksCar” respectivamente. Se estima que entre ambos bombardeos murieron cerca de 230.000 personas en un instante, a las que deben sumarse las decenas de miles de víctimas fatales que se agregaron durante los meses subsiguientes como consecuencia de los efectos de la radiación.

Se considera que estos acontecimientos marcan el nacimiento político de la era nuclear, aunque hubo un largo proceso político y tecnológico previo que culminó con una detonación provocada a modo de prueba -casi tres semanas antes, el 16 de julio de 1945, en una localidad cercana a la pequeña ciudad de Álamo Gordo de Nuevo México en los Estados Unidos, en cuyas proximidades se encuentran las dos grandes bases militares de Holloman Air Force Base y White Sands Missile Range.

Toneladas de artículos periodísticos y libros se ocuparon de analizar la legitimidad de la decisión del Presidente Harry Truman de lanzar las bombas nucleares sobre un país prácticamente derrotado. El gobierno estadounidense justificó la medida, en la necesidad de provocar un abrupto rendimiento del Japón y de esta forma evitar una sangría que, de durar algunas semanas o meses más, habría costado más vidas y recursos norteamericanos; otros analistas desde un perspectiva geopolítica defendieron la necesidad de evitar que la Unión Soviética decidiera precipitar la rendición del Japón mediante una invasión a la isla; mientras que un último grupo, asumiendo una óptica cercana al realismo político, no encuentra necesidad alguna en justificarla, al sostener que la preminencia y asimetría que la segunda guerra mundial generó a favor de los Estados Unidos, no necesitó de razones éticas, prácticas, ni mucho menos políticas o jurídicas que expliquen o disimulen los intereses ni las decisiones que adopta una superpotencia naciente.

Entre las explicaciones dadas, interesa analizar aquellas que se inscriben en la perspectiva realista y que evidencian -palabras más o palabras menos-, que el lanzamiento de las bombas nucleares obedeció a la principal y determinante razón: “que podían hacerlo”; o dicho de otra forma que nadie estaba en condiciones de poder impedirlo, o que (en la visión de sus ejecutores) no existía ningún riesgo o consecuencia negativa significativa para los intereses norteamericanos que pudiera derivarse de una decisión de tal magnitud, aunque implicara la muerte de cientos de miles de personas civiles.

Es importante reconocer que la decisión del presidente Harry Truman no fue original en su estructura, sino una mera réplica aumentada de decisiones similares tomadas en diferentes escenarios y tiempos históricos, tanto de su país como en el resto del mundo y que han sido inspiradas en la “convicción de no tener oposición real ni control, o de tener la certidumbre que ninguna consecuencia negativa puede ocurrir”.

Es casi un lugar común en la ciencia política, citar en circunstancias similares al historiador y militar ateniense Tulcídides (siglo V antes de Cristo) en su obra “Las guerras del Peloponeso”, que ejemplifica muy bien situaciones parecidas en cuanto narra lo que los atenienses dijeron a los habitantes de la isla de Melos, aliados de sus enemigos:

No os vamos a aburrir con discursos largos convenciéndoos de que nosotros tenemos el derecho de hacer lo que hacemos por que les hemos ganado a los persas o intentando demostrarles que nos habéis provocado. Nada de eso, simplemente os decimos, o bien os sometéis, o bien os destruimos”.

El caso que analizamos es todavía más extremo, en primer lugar porque este dialogo no fue real sino imaginado por el historiador griego y en segundo lugar porque el comando militar y político de los aliados no tuvo ni siquiera la intención de advertir qué era lo que se proponían hacer.

Durante los meses previos al final de la segunda guerra mundial, acaecido en 1945 y por unos pocos años, la supremacía norteamericana fue una realidad indiscutible en un mundo hegemónico en el cual los Estados Unidos no tuvieron un adversario con capacidad real de poner un freno o contrapeso político significativo a sus decisiones estratégicas y tácticas. Recordemos que Europa había quedado destruida, Gran Bretaña arruinada económicamente, China embarcada en una crisis política que llevaba más de 20 años de guerras civiles que luego derivaron en la revolución de 1949 que concluyó con la instauración del régimen comunista de Mao Tsé Tung y la Unión Soviética había sido la nación más castigada por la guerra por haber perdido la friolera de veinte millones de personas y por haber sufrido la devastadora ofensiva nazi en el frente oriental. Sin embargo, este mundo hegemónico terminó el 29 de agosto de 1949 cuando la Unión Soviética demostró tener la capacidad tecnológica para detonar una bomba nuclear en la localidad cercana a la ciudad de Semey (o Semipalatinks por su nombre histórico), ubicada al noroeste de la entonces provincia de Kazajistán Oriental.

Cabe preguntarse, ¿Qué ha impedido a los Estados Unidos en esos años de hegemonía absoluta, adoptar otras decisiones extremas como lo fueron en su momento, el lanzamiento de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki?

Hiroshima y Nagasaki son una clara consecuencia de su hegemonía y superioridad en los últimos días de una guerra todavía vigente en el frente asiático, en un mundo centrado en la rendición alemana y abocado a definir al nuevo tablero de la política mundial.

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Hiroshima y Nagasaki
Hiroshima y Nagasaki

Harry Truman
Harry Truman

Crímenes de Lesa Humanidad
Crímenes de Lesa Humanidad

En este contexto es necesario recordar que importantes asesores militares como el matemático John von Newman (padre de la Teoría de Juegos y alma máter del Think Tank “RAND” de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos -Research and Developend, por sus siglas en inglés-) sostenía en 1945 la imperiosa necesidad de lanzar bombas nucleares sobre la Unión Soviética para evitar que lograra el desarrollo nuclear que finalmente obtuvo en 1949. Esta idea fue compartida también por otro matemático de origen inglés Bertrand Russell (co-autor junto con Alfred North Whitehead de “Principia Matemática”) y por muchos políticos que pertenecía al ala “dura” de los halcones de la política exterior norteamericana.

Estas ideas que, para los cánones retóricos actuales son políticamente improponibles, en la inmediata post guerra no eran más que posibilidades que se barajaban racionalmente sin demasiados complejos éticos, en los círculos de poder político y militar de los países occidentales. Sin embargo -y justo es reconocerlo-, el sentimiento social que imperó durante el final de la segunda guerra mundial fue que se luchó contra una cruenta dictadura inhumana, lo cual puso un límite ético a decisiones políticas que implicaran la violación de un estándar jurídico naciente: El de los “Derechos Humanos”, límite que por desgracia fue ineficaz para frenar los bombardeos nucleares sobre Japón.

En los escasos años que duró esta hegemonía militar exclusiva norteamericana de la postguerra no hubo límite material al ejercicio de su poder militar, pero sí un límite ético (insistimos, que no funcionó en Hiroshima y Nagasaki), pero que luego fue tomando cuerpo a medida que se fueron conociendo y difundiendo las atroces violaciones que el estado nazi había perpetrado de manera racional, sistemática y orgánica en contra de ciudadanos inocentes e indefensos.

Los procesos de Núremberg implementados para juzgar los aberrantes crímenes de “lesa humanidad” cometidos por los nazis, fueron promovidos por las naciones vencedoras en contra de los principales cabecillas del régimen y tuvieron lugar entre el 25 de noviembre de 1945 y el 1 de octubre de 1946 y concluyeron con 611 condenas por hechos ocurridos entre el 1º de septiembre de 1939 hasta el 8 de mayo de 1945, día de la rendición de Alemania.

¿Es probable que los nazis tuvieran la misma convicción de no tener oposición real ni control, o de tener la certidumbre que ninguna consecuencia negativa podía ocurrirles y que inspiró el mismo tipo de decisiones atroces adoptadas a lo largo de la historia? Al parecer así fue, aunque la experiencia histórica ha demostrado que en muchas oportunidades, esta sensación de omnipotencia se condice con la realidad, pero en otras ocasiones no es más que una sensación que luego es desmentida por la realidad, como ocurrió con los jerarcas nazis.

Es cierto que los juicios de Nuremberg no ha impedido nuevos crímenes ni disuadido a los responsables de otras matanzas genocidas como las ocurridas en Rusia con los crímenes de Stalin (hasta su muerte en 1953), en Camboya con los Khamer Rouge o Jemeres rojos (1975-1979); en Argentina (1976-1983); en Chile (1974-1990); en Ruanda (1994); en Tiananmen China (1989), en Los Balcanes (1991-2001), actualmente en medio oriente, etc.; aunque en algunos casos -como en Argentina- por primera vez un la historia, con avances y retrocesos y bajo diferentes signos políticos el propio país (a diferencia de lo ocurrido en Alemania y en otros lugares) se ha encargado de juzgar a los responsables de crímenes aberrantes reconociendo la vigencia y operatividad de los Derechos Humanos con estándares no igualados por ningún otro país del mundo que haya sufrido este flagelo.

Ahora bien, normalmente estos análisis se hacen alrededor de las consecuencias y muy pocas veces de las causas u orígenes de estos crímenes aberrantes a lo que suele también agregarse un sesgo ideológico ya que en occidente se hace un catálogo de las violaciones a los Derechos Humanos ocurridos en oriente y viceversa lo que obstaculiza a nivel internacional una condena generalizada de cualquier violación sin importar de donde provenga. Ejemplo de ello es la escasa valoración que occidente ha realizado de los bombardeos que en estos días se conmemoran.

En este contexto cabe preguntarse ¿Qué tienen de común los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki con el genocidio perpetrado por los nazis? Que ambas decisiones fueron perpetradas en contra de gente inocente: mujeres, niños, ancianos, hombres comunes; que ambas fueron el fruto planificado de una “decisión de estado” tomada en las más altas esferas de un gobierno; Que ambas fueron el resultado de un esfuerzo sistemático, racional y organizado en el marco de una estructura estatal y por último que ninguna justificación práctica, estratégica ni política, civilizada y humanitaria puede amparar tamañas decisiones.

Sin embargo, es probable que la verdadera razón por la que una idea aberrante se lleva a cabo es que no existe la más mínima posibilidad de oponerse, porque las implementan funcionarios que ostentan una posición dominante con tal grado de asimetría e impunidad sobre la población que gobiernan, que un control real de sus actos es imposible e ilusorio y porque al parecer la naturaleza humana requiere algo más que frenos éticos o morales como lo percibió Tulcídides al narrar “Las guerra del Peloponeso” hace ya 2.500 años, cinco siglos antes de la era cristiana.

 

 

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