Febrero 2017
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el peso
 
 
 

Perspectivas para 2017: ¿El Rumor de las Armas?

[SEPA] El año 2016 preanunció un cambio de paradigma de la política mundial que anticipa para el 2017, conflictos de intensidad creciente en el contexto internacional con consecuencias impredecibles en los órdenes económico, político y militar. Para entender lo que está sucediendo es necesario examinar un poco la historia de los últimos 70 años.

Cuando finalizó la segunda guerra mundial los líderes de los países vencedores se encontraron con un mundo exhausto, que proponía un equilibrio bipolar con dos grandes bloques de países antagonistas, liderados por los Estados Unidos y la Unión Soviética.

La estrategia de occidente en este nuevo esquema fue diseñar una política de largo alcance tendiente a lograr una triple hegemonía global: de base económica, política y militar. En el orden económico se impulsó a través de distintas organizaciones públicas y privadas internacionales una hegemónica y equilibrada área de mercados regionales interdependientes y sujetos a una progresiva integración. Japón, América del Norte y la Comunidad Europea, fueron los actores iniciales de este nuevo orden mundial.

En el orden político el objetivo fue erradicar los “nacionalismos” para diluir las identidades locales en una identidad más amplia, común o global y crear entidades políticas supranacionales que fueran asumiendo progresivamente las facultades jurisdiccionales, políticas y legislativas de los estados nacionales. Éste es el origen de la Comunidad Europea, luego del NAFTA (zona de libre mercado de América del Norte), y de la alianza estratégica que vincula a Japón con los Estados Unidos. Si bien estos tratados se originaron con una impronta económica se proyectan hacia una organización política global.

Desde el punto de vista militar, la tendencia al mando único de tropas se ha materializado principalmente desde la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN en español o NATO por sus siglas en inglés), alianza militar formada por los Estados Unidos, Francia, Inglaterra y otros países atlánticos europeos y con la intervención de la ONU (bajo el auspicio de occidente) en regiones conflictivas.

La contrapartida o freno a estas iniciativas estuvo representada en lo político por la materialización de una enorme zona de influencia que la Unión Soviética conformó en todo el orbe oriental y que abarcaba desde el pacífico hasta la denominada cortina de hierro que imponía un cerco al occidente a partir de Alemania Oriental proyectándose al sur de Europa con la entonces Checoslovaquia, Hungría, Rumania, lo que era Yugoslavia y Bulgaria y que tenía enclaves extra continentales en Cuba y en varias regiones africanas y del sudeste asiático. En lo económico con la imposición, en esta basta zona de influencia, de una economía dirigida y controlada desde Moscú con un notable sesgo distributivo y proteccionista y en lo militar por la conformación del Pacto de Varsovia, una alianza militar y estratégica entre los países “pro-soviéticos”.

Contrariamente a lo que suele pensarse, esta bipolaridad fue de gran utilidad a occidente para consolidar su dominio territorial, tecnológico e ideológico. La post guerra ha disimulado al crudo capitalismo pre bélico, obligándolo a mostrarse eficiente y con cierta visión social, para hacer frente a las políticas distributivas soviéticas. En este contexto, en los países tapones (Alemania Federal, Japón, Corea del Sur) se aplicaron recetas keynesianas que importaban políticas de fuertes estímulos estatales a la industria. En el resto de occidente el impulso keynesiano fue llevado acabo por el complejo industrial militar. Todo ello generaba trabajo y riqueza impulsando la economía y mostrando el lado amable de la “libre empresa” (que no era tan libre sino subsidiada por los departamentos de defensa del mundo occidental) y del libre mercado (que tampoco era tan libre porque se pregonaba la libertad de comercio hacia afuera mientras se aplicaban trabas proteccionistas hacia adentro. También de esta forma se comenzó a crear una “conciencia política occidental y capitalista” frente a una amenaza común.

La estrategia de occidente derivó en la implosión económica y política de la Unión Soviética. Este episodio que comenzó con la caída del muro de Berlín, al comienzo generó un injustificado optimismo en occidente; muchos de cuyos pensadores habían aplaudido la idea de Francis Fukuyama que celebraba “El Fin de la Historia” como lucha ideológica, el fin de la guerra fría y el triunfo de la “democracia liberal” como única forma posible de gobierno.

Sin embargo este optimismo duró poco. La Unión Soviética desapareció como referencia ideológica, pero a pocos años de la debacle, Rusia se recompuso como potencia militar conformando una nueva comunidad de naciones. Si bien retrocedió en Europa Oriental pero frenó el avance de occidente a la altura de Ucrania, Crimea y Bielorrusia, dejando “a cargo de occidente” un oriente europeo socialmente pauperizado.

Entérese en Wikipedia

El muro
El muro

El fin de la historia
El fin de la historia

Francis Fukuyama
Francis Fukuyama

Rusia sustituyó su régimen comunista por un “capitalismo de nomenclatura” en el que los antiguos jerarcas comunistas se apropiaron de la “propiedad estatal” generando un capitalismo tan corrupto y asimétrico como el occidental pero sin complejos históricos ni cargas sociales por las que responder.

Esta recuperación económica, tecnológica y militar rusa, demostró que si bien pudo haber “finalizado la historia como lucha ideológica” no ha finalizado como una “cruda y desideologizada lucha de intereses”; enfrentamiento que progresivamente se ha ido militarizando y sustituyendo el anunciado fin de la guerra fría por una guerra tibia que se está recalentando cada vez más a nivel global y cuyas proyecciones no son para nada optimistas.

En el otro lado del mundo, la reconversión capitalista de la China comunista iniciada desde la muerte de Mao Tse Tung ha dinamitado en occidente una frágil alianza o asociación que -luego de la segunda guerra mundial- se había conformado entre las corporaciones privadas (grandes bancos, grandes medios y complejos industriales) y la clase política tradicional. El capital siempre consideró a la clase política “un mal necesario y costoso”, al que solventaron económicamente sin importar su impronta ideológica (cabe destacar que grandes empresas mundiales financiaron sin complejos al nazismo, a la revolución rusa y a los aliados).

Al desaparecer la Unión Soviética arrastró consigo al capitalismo social o de bienestar cuya función era frenar el avance comunista en Europa; no quedando ninguna razón para justificar que el capitalismo era algo más que el deseo de maximizar las ganancias de las empresas. Por otro lado la reconversión capitalista de China ofreció a las grandes corporaciones occidentales un costo laboral mínimo, lo que produjo la migración de una gran cantidad de plantas industriales de occidente, al país oriental; lo que ha provocado desocupación y pobreza tanto en Europa como en Estados Unidos.

Los padres del éxito chino (Mao Tsé Tung y Deng Xiaoping) compartieron una misma idea pero desde diferentes perspectivas. Mao instauró una maquinaria estatal pragmática y “eficiente”, inmune a los costos burocráticos y económicos que implica el respeto de las libertades individuales. Deng Xiaoping encontró las coincidencias reales entre el sistema capitalista y el sistema político chino ambos afines a una eficiencia pragmática que intenta maximizar las utilidades y minimizar los gastos. La simbiosis sólo era cuestión de tiempo y en la actualidad está alcanzando su cima. Esta idea ya fue anticipada por nuestro diario “El Peso” en 2009 cuando publicamos:

El preocupante modelo Chino
[Diario El Peso 15/10/2009]

Según el FMI, el gigante asiático (China) es el tractor responsable de más del 70% del crecimiento mundial desde 2008. El triunfo de la economía china ha generado el surgimiento de “nuevos evangelistas” que sostienen la tesis de que éste éxito es inseparable de su sistema político.

Esta suerte de neo-capitalismo encuentra en un sistema sin equilibrio de poderes, sin garantías individuales ni control posible sobre las autoridades, el escenario ideal para el desarrollo de sus inversiones.

La “seguridad jurídica” requerida excluye todo derecho que no facilite comprar o vender.
Deng Xiaoping paradigma político del modelo chino desde la muerte de Mao Tsé Tung desmanteló el sistema de comunas y otorgó amplia libertad de producción para el mercado, a la vez que mantuvo un férreo control sobre cualquier otro tipo de libertades sobre todo las individuales.

Si en la civilización occidental los movimientos sociales nos transformaron de súbditos en ciudadanos y de ciudadanos en consumidores, en China se ha obviado el paso intermedio no sin cierto criterio económico.

¿Por qué las grandes empresas multinacionales invirtieron en China? Porque sus costos generales eran más bajos que en los países más evolucionados desde el punto de vista institucional. China creció 9.6% anual promedio durante 30 años; su economía es hoy 13 veces mayor que en 1978.

Deng Xiaoping dijo que: “…para lograr el desarrollo de la productividad, se propuso evitar cuidadosamente la polarización social y política”. El ideal administrativo de cualquier corporación occidental actual coincide con esta visión.

Esta realidad económica mundial basada en la maximización de ganancias está terminando de pulverizar al sistema político de la postguerra que exhibía como modelo a seguir en el mundo, a la democracia representativa liberal. La licuación de la representatividad y del poder de decisión de políticos electos y la creación de órganos burocráticos transnacionales integrados por miembros no electos que toman decisiones que limitan al poder político de base representativa son una muestra de esta última tendencia.

El mito del capitalismo democrático y competitivo está dejando lugar a un crudo orden económico que se caracteriza por sustituir la competencia mediante la sectorización global, la concentración de recursos y la desaparición de la pequeña y mediana empresa. La denominada “flexibilización laboral” materializa la pérdida de derechos sociales obtenida en la segunda mitad del siglo XX y el “terror laboral” a la desocupación justifica la precarización del salario de los trabajadores. El modelo chino finalmente está instalándose en occidente.

En este complejo escenario, el último bastión vigente de los logros de la post guerra del siglo XX, representado por el goce y ejercicio de las libertades individuales; está por caer a merced de la lucha en contra el terrorismo. El terrorismo anónimo e indiscriminado en contra de la población civil, que inauguró el atentado contra las torres gemelas en Nueva York en 2001, está generando en todo el mundo una psicosis colectiva cuya primera consecuencia es la pérdida de la intimidad y la instauración de sofisticados sistemas de control social de nivel global que las nuevas generaciones ya no perciben como algo anormal ni ilegal.

El terror y la guerra sucia despabilan y excitan a los sectores concentrados de la industria estratégica y justifican las medidas extremas que se adoptan sobre una sociedad sobrecogida, que pide a gritos la aplicación de estas medidas extremas; las que por otro lado parecen resultar bastante ineficientes. Es lo que está ocurriendo en una Europa luego de los atentados de Francia, Alemania, Bélgica, etc. Europa además ha resignado su papel de liderazgo (aún de segundo orden como había asumido en la post-guerra), para transformarse en un opaco destino final de miles de inmigrantes desplazados por guerras en la que el viejo continente tiene un papel mercenario de segundo orden, bombardeando por cuenta ajena ciudades del cercano oriente para combatir a enemigos indefinidos.

En el cercano oriente se lucha contra estos enemigos difuminados (como siempre lo es el terrorismo) cuyo nombre ocasional puede ser Isis, Daesh como antes lo fuera Al Qaeda o el Talibán. Las potencias ensayan en este escenario sus juguetes bélicos (como lo hicieran en 1936 en España las potencias de entonces, antes de la segunda guerra mundial).

La guerra de Siria, las tensiones de Irán con Israel, las de Israel con Palestina, la insurgencia de Yemen, el conflicto Turco, la inestabilidad proyectada sobre Arabia Saudita hacen del oriente cercano un polvorín a estallar. A ello debemos sumar la disputa territorial del mar del sur de la China, la de los archipiélagos japoneses en conflicto con Rusia, la inestable y nuclear Corea del Norte, la vacilante frontera indo paquistaní junto a los conflictos de Ucrania y Crimea. En este contexto asume Donald Trump la presidencia de los Estados Unidos, insinuando un cambio de estrategia frente a China que está irritando a Pekín. Muchos se preguntan si extraño el ruido que se percibe en la atmósfera en diferentes partes del mundo, ¿No será acaso el rumor de las armas?

 

 

 

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