Junio/Julio 2017

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Trece Misterios
 
 
 

Trece Misterios

La Falsa Medida del Mundo
Tercer Misterio

[SEPA/Diario El Peso] Gerardus Mercator, había nacido el año 1512, con el nombre más prosaico de Gerard Kremer, en la casa de un zapatero en el pequeño poblado de Rupelmonde de Flandes, unos meses antes que se cumplieran 20 años del descubrimiento de América por Cristóbal Colón. Aquel mismo año, durante el febrero más frío que se recordara hasta entonces, fallecía en Sevilla el navegante florentino Américo Vespucio sin saber que el cartógrafo alemán Martin Waldseemüller, cuatro años antes (en 1507) había bautizado como América a las tierras descubiertas por Colón, hasta ese momento innominadas.

Waldseemüller, había ungido tal honor al florentino en su obra largamente titulada “Universalis cosmographia secundum Ptholomaei traditionem et Americi Vespucii aliorumque Iustrationesatribuyéndole además por equivocación, el mérito del descubrimiento. No resultaba elegante para la época que un personaje de dudoso origen, genovés o piamontés o quién sabe de dónde, inspirado en leyendas templarias de dudoso gusto y trabajando como mercenario a favor de la Corona de Castilla haya realizado tamaño descubrimiento.

Américo también era un mercenario que trabajaba, ora para Castilla, ora para Portugal, pero era además un elegante Florentino, culto y refinado hijo del prestigioso notario y acaudalado comerciante y financista Nastagio Vespucio.

Por razones que son dignas de otra historia, Waldseemüller trabajó en un nuevo atlas al que denominó con más humildad “Tabule Terre Nove”, obra en la que comenzó a rectificar el error cometido, atribuyendo el descubrimiento al “Almirante”, a quien cita en una nota aclaratoria “…esta tierra y las islas adyacentes fueron descubiertas por el genovés Colón, por mandato del rey de Castilla…”. América pasó a ser “Terra Incógnita” en aquel mapa, pero ya se había consumado una de las más grandes incongruencias históricas. A partir de ese momento se supo que Colón había descubierto América, pero nadie entenderá por qué las nuevas tierras se denominan así.

Ajeno a estos acontecimientos crecía el joven Kremer, quien luego adoptaría el latinizado nombre de “Gerardus Mercator”, a instancias de un humanista holandés llamado Jovis Van Lanckvelt que ya había latinizado el suyo para llamarse “Georgius Macropedius”.

Macropedius

Kremer, el posterior Mercator, había conocido a Macropedius en su primera juventud, cuando estudiaba matemáticas y astronomía con un condiscípulo algo mayor, Regnier Gemma, que luego adoptará el apodo latinizado de “Frisius”.

Estos jóvenes, al igual que su maestro, fueron presa de un sentimiento de pérdida del que derivó su impulso latinizante. Un acontecimiento explica este impulso, que se convertirá en una moda post medieval. La caída de Constantinopla, ocurrida el 29 de mayo de 1453, significó para el occidente medieval la pérdida de una referencia paradigmática y una desolación cultural que sus contemporáneos asimilaron a la caída del orbe occidental mil años antes. Desaparecía a manos de los turcos un imperio de dos mil años, un marco de referencia más simbólico que real, pero precisamente por ello, más arraigado en el inconsciente colectivo del mundo medieval.

Este hecho político y militar amenazaba también a otro de los últimos vestigios de la desaparecida organización de la última y decadente Roma: la Iglesia Católica. Extendida como la vieja Roma, desde las columnas de Hércules hasta el oriente cercano, sin embargo, la superaba en extensión hacia las tierras del Norte, nunca conquistadas por las legiones romanas pero sí evangelizadas por sus sacerdotes. El tránsito de la Roma Imperial a la Roma Eclesial había sido igual de cruento y doloroso que el tránsito de la vieja Monarquía Arcaica a la República y el de ésta al Imperio.

¿Qué dice
Wikipedia?

Gerardus Mércator
Gerardus Mércator

Macropedius
Macropedius

Leonardo Da Vinci
Leonardo Da Vinci

Proyección Mercator
Proyección Mercator

El maestro Macropedius, en su juventud, influenciado por el signo de su época, canalizó su desolación convirtiéndose en un experto en griego clásico, latín, literatura romana y en la Biblia. Unía en su formación, los restos de un mundo que ya no existía.

De esta época nace su vinculación con un extraño grupo de personas que integraban una fraternidad, cuyo nombre aún hoy permanece oculto y objeto de las conjeturas más inverosímiles. Algunos de sus integrantes más ancianos, habían llegado a Flandes a causa de la diáspora de los sabios bizantinos provocada por la caída de Constantinopla. Estos hombres profesaban en común, un sentimiento de añoranza de algo indefinido que denominaban: “antiguo orden secular” y rendían un culto secreto a los clásicos paganos.

Los más jóvenes del grupo, entre quienes estaba Macropedius, compartían con igual intensidad estos sentimientos y añoranzas, aunque alimentados por su imaginación, dado nunca vivieron aquel orden salvo en la idealización de sus maestros. Macropedius, luego Mercator, Frisius y tantos otros se convirtieron en espíritus desterrados de su tiempo, guiados por los espectros de Virgilio, Cicerón, Séneca y muchos otros herméticos autores de los manuscritos de Alejandría.

¿Qué tienen que ver Macropedius, Mercator y Frisius, con Américo Vespucci o el equivocado Waldseemüller? Para contestar esa pregunta debemos remontarnos a un encuentro fortuito de dos hombres. El mayor de ambos, deslumbrará al otro con sus conocimientos variados en múltiples disciplinas y se convertirá en su secreto mentor.

El episodio data probablemente de 1502, cuando a la edad de 15 años, Macropedius estuvo por unas semanas, en norte de Italia, en la ciudad de Bologna, donde había conocido a un cartógrafo e ingeniero militar florentino llamado Leonardo Da Vinci. Guardaría de por vida el secreto de esta vinculación tal vez por temor o por su seguridad.

Da Vinci, tenía 50 años en aquel momento y estaba fatigado por las continuas convulsiones políticas de aquellos tiempos que no lograban encauzar el proyecto político de su antiguo protector Cosme de Médici. Muerto Cosme en 1464, había dejado a sus descendientes la orden, no siempre respetada, de proteger a Leonardo.

Leonardo esperaba encontrarse con otro compatriota florentino en Bologna, cuando coincidió con un joven flamenco entonces llamado Jovis Van Lanckvelt (el futuro Macropedius) al que escuchó con atención sus divagaciones musicales. Leonardo descubrió en el joven, un talento superlativo para las armonías musicales, un arte matemático que no había tenido tiempo de cultivar como habría querido, en razón de sus otras investigaciones.

La espera de Leonardo se transformó en una intensa amistad intelectual con Jovis, de la cual surgió una relación de maestro y alumno que culminó con un legado inesperado: los mapas que había robado a otro florentino, Américo Vespucio, quien en 1500 había viajado a una “terra Incógnita”.

Leonardo fue informado que su contacto florentino llegaría en pocos días y que en realidad era un espía de los Borgia llamado Nicolás Maquiavello, antiguo asesor del pérfido fraile Savonarola ejecutado dos años antes en su natal Florencia. Camino a Francia, su paso por Bologna sólo tenía la misión de recuperar a cualquier costo los mapas de Américo para ofrecérselos al Rey de Francia Luis XII y a cambio de ello convencerlo de invadir la ciudad de Pisa.

Tal vez pensando el riesgo que significaba encontrarse con Maquiavello Leonardo entregó los mapas al joven flamenco y lo inició tempranamente como miembro de una secreta hermandad cuya finalidad era unir al mundo en un nuevo propósito: revivir aquel idealizado “antiguo orden secular”, aún más añorado desde la caída de Bizancio. Nunca se supo qué pasó entre Leonardo y Maquiavello, pero Jovis convertido en Macropedius viajó repentinamente a su Flandes natal en donde lo esperaban algunos “hermanos” ya muy ancianos que terminarán de formarlo en los secretos ritos de la cofradía.

Cuando el joven Jovis regresa a su tierra, ya como Macropedius reclutará a otros jóvenes brillantes entre los que figuran quienes serían luego Gerardus Mercator y Frisius entre otros.

Los mapas y otros manuscritos fueron custodiados por los miembros de la organización, pero ya era imposible guardar el secreto, la “Terra Incógnita” estaba a merced de los depredadores españoles e ingleses que sólo buscaban oro y esclavos y que terminarían por destruir todo rastro del mayor misterio guardado por siglos: que la fraternidad ya habían estado allí en los años 1.100, que Colón no hizo otra cosa que robar los mapas para buscar al reino dorado, que para llegar al mismo había que “ascender al sur” ya que los primitivos mapas estaban invertidos.

La Europa del alto medioevo estaba comenzando a ver la luz después de mil años de oscuridad. La caída de la última Roma había producido la diáspora de los últimos custodios de los rollos alejandrinos, refugiados en Bizancio. Sin embargo, la fraternidad estaba en peligro. Uno de sus últimos miembros, un discípulo de Macropedius, el cartógrafo Gerardus Mércator fue encarcelado por la inquisición en 1544 durante siete meses.

Los reyes y papas europeos apenas habían asimilado que la tierra no era el centro del universo. Con el descubrimiento de la “terra incógnita”, los viajes realizados y los nuevos mapas les era difícil comprender que en centro y sur del nuevo continente habían existido civilizaciones superiores, que contaban con acueductos, caminos, construcciones más avanzadas que las realizadas en Europa durante los últimos 1000 años y un cúmulo de conocimientos encriptados en signos que no comprendían y que por ello les provocaba pavor.

El inquisidor la había dicho a Gerardus Mercator:
-Te lo habíamos advertido, nada puede ser más grande…
A lo que el joven contestó:
-Haré lo posible, creo que puedo aumentar el tamaño de Europa, lo cual es una gran mentira, pero ni siquiera así será suficiente.
El infame torturador concluyó:
-Deja en nuestras manos y en nuestros ejércitos el resto.

En 1569, caso 25 años después Gerardus Mercator realizó una proyección cartográfica cilíndrica cuya principal consecuencia es que las regiones del mundo no conservan las proporciones reales y exageran la superficie aparente de las tierras de Europa y el norte de América.

Las palabras del inquisidor fueron proféticas. América del Norte fue ocupada y colonizada mediante el exterminio casi total de sus pueblos originarios. El Centro y Sur de la “Terra Incógnita” también fue conquistado y depredado.

Cuando en sus últimos días el anciano Gerardus Mercator recordaba con nostalgia a su maestro Macropedius, recitaba en latín los versos de su antiguo juramento

Ultima Cumaei venit iam carminis aetas;
magnus ab integro saeclorum nascitur ordo.
iam redit et Virgo, redeunt Saturnia regna,
iam nova progenies caelo demittitur alto.

En la esperanza que se cumpla la profecía de los versos, que traducidos al español rezan: “Ya viene la última era de los cumanos versos: ya nace de lo profundo de los siglos un gran orden. Ya vuelve la Virgen, vuelven los reinados de Saturno; ya desciende del alto cielo una nueva progenie”.

 

 

 

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