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Marzo 2020
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¿Una Mariposa?
de Leopoldo Lugones

[Leopoldo Lugones] No podía dar yo a Alicia tantos detalles de las flores como ella me pedía, pero por fuertes razones. Así llevé la conversación hacia las mariposas. Ella me escuchaba muy atenta, y todos los pormenores de la vida de los insectos despertaban intensamente su atención. Las blancuzcas larvas, ingeniosas tejedoras, las misteriosas crisálidas durmiendo en su sueño de rejuvenecimiento y de sombra, el despertar de las alas al amor del sol, como en un suspiro de luz...

Cuando agotados ya mis conocimientos entomológicos, proponía pasar a otro tema, ella, con la adorable impertinencia de sus trece años, dijo:

-Hágame usted de eso un cuento.

Y yo preferí contarla, una historia, en que, por cierto hay también un amor.

Cuando Lila tuvo que partir para un colegio en Francia, conversó con Alberto que era primo suyo; conversó cosas que debieron ser muchas, porque hablaron tres horas sin parar; importantes, porque hablaron muy bajito; y tristes, porque al separarse él tenía los ojos hinchados y ella las naricitas muy rojas y el pañuelo bastante húmedo: a lo menos más húmedo que de costumbre, y no por exceso de heliotropo.

La tarde en que partió Lila, se puso muy triste la casa de la abuela, y Alberto dió en pensar, mientras miraba llorar a la pobre vieja, que su traje negro era de luto por su padre y que su madre había muerto cuando él nació. Pasaron así, largos, muchos días de silencio extenuantes. Alberto no hablaba a la abuela porque no sabía que decirla, y la señora, viendo al chico tan triste, no podía sino llorar más, comprendiendo que semejante tristeza era inconsolable. Porque ella sabía muy bien que los primos eran novios y que por lo tanto tenían que llorar mucho si eran novios de verdad.

Fue entonces que Alberto se hizo cazador de mariposas. Aprendió a manejar la red con delicadeza, a clasificar las lindas prisioneras, a colocarlas muy artísticamente en lucidas vitrinas, cada una en su alfiler, con las alas bien tendidas. Aquello le distraía, por más que ciertas veces, sobre todo en la tarde, cuando manchaban el cielo grandes colores desvanecidos y los árboles se vestían de silencio, llorase un poco todavía recordando estas palabras de Lila: "Si me olvidas, yo te recordaré de algún modo, tenlo seguro, que no he dejado de quererte". Pero no lloraba mucho en verdad, y cada vez lloraba menos.

Poco a poco las mariposas llegaron a preocuparle por completo, y ya no tuvo otro cuidado, que su colección, cada día más brillante y numerosa. La abuela; viéndolo contento, fomentaba aquella silenciosa y honda afición, y nunca tuvo Alberto que lamentar la falta de un alfiler o de una vitrina. Pronto Lila no fué para él sino un recuerdo: aunque la quería mucho, ya no experimentaba ninguna necesidad de llorar.

Ahora pensaba:

-Si viera mi colección!... Nada más pensaba. Verdad es que sólo tenía diez y siete años. Yo también tuve una novia a los diez y siete años, pero ella murió en mí entre una noche y una aurora. Así están hechas las cosas: para que haya en el mundo cosas tristes y nada más.

Quedamos; pues, en que Alberto no lloraba ya por Lila. Además, sucedió algo que vino a interesarle sobremanera.

Una tarde paseaba con su red abierta bajo los tilos del jardín. El sol, como un cáliz volcado cuyo vino ardiente se derramaba en olas sangrientas sobre una tremenda pompa sacrílega, bajaba entre nubes gloriosas. Había silencio bajo los árboles. De repente, sobre una mata de juncos, Alberto percibió una mariposa de especie desconocida. Era blanca, pero tenía sobre las alas dos manchas azules como dos violetas. No recordaba él haber visto otra igual ni en las colecciones ni en los libros técnicos. Era verdaderamente una maravilla, un ejemplar completamente nuevo, y es de suponer que desearía poseerlo. Entregóse a la cacería con pasión. Pero aquella mariposa era terriblemente sagaz y siempre se colocaba fuera del alcance de la red, aunque no huía definitivamente de su vista. Y así se pasó la tarde, y vino la noche, y Alberto se acostó muy contrariado, y soñó hasta el amanecer con una mariposa blanca que teníu dos manchas azules en las alas. Y al otro día volvió a encontrarla en el mismo sitio, persiguiéndola otra vez infructuosamente y volviendo a soñar con ella.

Por fin, el tercer día, después de una hora de carreras tan inútiles como las anteriores:

-Si estuviera Lila, pensó, me ayudaría a tomarla y yo no sufriría así. Justamente entonces la mariposa vino a colocarse muy cerca de él, sobre una madreselva. Arrojó la red y lanzó un grito de júbilo. Estaba presa.

La abuela admiró mucho a su vez el hermoso insecto, que inmediatamente fue elevado en un largo alfiler, con las debidas precauciones, para no ajar sus bellas alas.

Pero, ¡cosa extraña! Al otro día la mariposa amaneció viva, siempre palpitando dolorosamente, sin que, los más poderosos tósigos lograran matarla. Y sucedió que, como agitaba tanto las alas, éstas fueron perdiendo sus lindas escamillas, y a los seis días justos (¡que tanto duró el martirio de la pobre!) las alas eran sólo dos armazones descoloridos.

Entonces intercedió la abuela, y Alberto, que ya no tenía ningún interés en conservar aquel modesto animalucho, tan empeñado en no morirse, consintió en desclavarlo del alfiler y en dejarlo libre de irse donde quisiese. Y la mariposa, aunque algo trabajosamente, desapareció poco después en el viento.

-¿Y Lila?- preguntó Alicia con interés.

-La historia de Lila es muy corta y muy triste: al poco tiempo de entrar en el colegio, donde pronto se hizo notar por su docilidad y su tristeza, enfermó de melancolía. Nadie lo advirtió porque ella no se quejaba jamás. Únicamente había palidecido mucho, y después de estudiar lloraba. Parece que por la noche tenía sueños porque su compañera de habitación la oyó decir una vez al acostarse:

-Cuando aquí es de noche en mi país es de día; mientras duermo, sueño que estoy allí y eso me consuela. Su palidez no inquietó, porque con el cambio de clima y la separación de los suyos, era natural que estuviese un poco mala; y su silencio fue atribuido al desconocimiento casi completo que tenía de la lengua de Francia. Además, como el silencio es una virtud en los colegios de señoritas internas, eso le valió muy buenas clasificaciones de conducta. Y así vivió Lila diez meses, hasta que una mañana la encontraron muerta en su camita blanca, advirtiendo que había muerto no por lo pálida y silenciosa que estaba, sino porque la cubría un frío muy grande, como si estuviera envuelta en luz de luna.

El médico no supo ciertamente descubrir su enfermedad, aunque la examinó muy detenidamente, encontrando apenas en el pecho y en la espalda de la niña muerta dos minúsculas picaduras rojas. Nada más se pudo averiguar y sobre su tumba pusieron lirios.

El balcón donde yo acababa de referir a Alicia la historia, había sido ya invadido por la noche. Sobre nuestras cabezas brillaban, solemnizando la paz grave de la sombra, los siete mundos de Orión. El viento pasó diciendo algo que no era evidentemente para nosotros. Bruscamente comprendí que acababa de despertar un alma. ¿Con qué derecho? ¿No sabía perfectamente que la virginidad es nieve, nieve en lágrimas? Y buscaba sin resultado un epílogo vulgar que absorbiera la emoción de mi historia, cuando allí, muy cerca, Alicia, ya invisible, borrada por la noche:

-¿Y Alberto...?- dijo. Una esperanza consoladora brilló en mi espíritu.

-¿Alberto?

-Alberto sí, ¿Qué hizo después?

Las estrellas impasibles, miraban.

Alberto continuó viviendo con la abuela, muy contento, aunque lamentando que su colección hubiera perdido una mariposa.

-… ¿Una mariposa?...

 

¿Quién fue Leopoldo Lugones?

Leopoldo Lugones

Leopoldo Lugones (1874-1938): Fue un escritor argentino nacido en la pequeña localidad de Villa de María del Río Seco ubicada al norte de la Provincia argentina de Córdoba. Su vida constituye, por sí misma, casi una novela gótica llena de misterios, que devino en tragedia. Considerado en su tiempo el más destacado intelectual de su generación y digno heredero de una tradición literaria antes engalanada por Domingo Faustino Sarmiento, Paul Groussac y Amadeo Jaques, entre otros y luego continuada por Jorge Luis Borges, Eduardo Mallea y otros; su obra refleja la variedad y profundidad de su erudición, que discurre por la novela, el cuento, el ensayo, la poesía y el panfleto político. Sin embargo, su personalidad fue problemática y vacilante, lo que se evidencia en sus devaneos políticos, religiosos e ideológicos que lo llevaron a participar de centros ateos, anarquistas, socialistas, liberales, conservadores, religiosos y finalmente fascistas a la par de oponerse al antisemitismo tan en boga en su época; ello sin perjuicio de haber integrado la Sociedad Teosófica y la Masonería, además de mostrar un marcado interés por el ocultismo y de cartearse de manera personal con Albert Einstein, intercambiando sus diferentes puntos de vista sobre distintas cuestiones y a quien llegó a invitar y traer a la Argentina.

Cuando su familia se mudó a la ciudad de Córdoba, ingresó al centenario Colegio Montserrat, donde cursó parte de la secundaria, estudios que nunca llegó a concluir transformándose en un autodidacta. Posteriormente se traslada a Buenos Aires, ya casado y con un único hijo que fue, el tristemente célebre Leopoldo “Polo” Lugones (h), quien en la década del ’30 del siglo XX, sería nombrado Comisario Inspector de la Policía, durante la primera dictadura militar de ese siglo perpetrada por el Gral. José Félix Uriburo. A su peor antecedente, precedió el espeluznante hecho de haber sido acusado de abusar a menores que estaban a su cuidado, delitos por los que nunca fue juzgado; pues el escritor intercedió frente funcionarios lábiles del entonces Presidente Constitucional Hipólito Yrigoyen, ya debilitado por la vejez y rodeado de una camarilla decadente que le ocultaba la realidad.

Wikipedia

Leopoldo Lugones
Leopoldo Lugones

Terrorismo de Estado
Terrirismo de Estado

Piri Lugones
Piri Lugones

Muchos que lo conocieron en sus devaneos socialistas, anarquistas y ocultistas, se preguntan en qué momento la mente del escritor pactó con el mal o qué razones lo llevaron al extravío que lo impulsó a ser uno de los ideólogos del nefasto derrocamiento del Gobierno Constitucional de Yrigoyen. Otros consideran que siempre fue igual de oscuro. Pero cualquiera fuere la verdad, sus propias decisiones lo llevaron a tener un trágico final. Discurrió como un extraordinario autodidacta por el más amplio arco del pensamiento que uno pudiera imaginarse, de poseer una erudición formidable no sólo en humanidades sino en ciencias, de traducir jeroglíficos, de conocer idiomas lejanos, de haber viajado por el mundo como diplomático, de haberse transformado en un escritor universal cuyas fuentes abrevan en todas las tradiciones del mundo, por lo que muchos lo consideran el predecesor de la literatura de Jorge Luis Borges (por otro lado un lejano sucesor como Director de la Biblioteca Nacional). Luego de todos estos antecedentes, devino en un pensador colérico y ultraconservador cuyo talento comenzó a inspirar a quienes impondrían una férrea dictadura. El hijo del poeta, Leopoldo “Polo” Lugones; en su función de policía, tendrá el diabólico privilegio de haber creado el invento argentino más atroz de la historia de nuestro país: “La picana eléctrica”, artefacto que a décadas de su creación se sigue usando en todo el mundo como instrumento de violencia, tortura y muerte.

Quienes crean en la ley del karma, podrán adjudicarle a ésta lo que le deparó el destino a Leopoldo Lugones. Cuando se enteró que su mejor amigo -el escritor uruguayo Horacio Quiroga- se quitó la vida bebiendo un vaso con cianuro en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires la madrugada del 19 de febrero de 1937; se enojó tanto, que tuvo un comentario despectivo acusándolo de haber elegido “la muerte de las sirvientas”.

En sus últimos años pregonó las costumbres conservadoras y ultra católicas, pero se enamoró perdidamente de una hermosa joven que lo cautivó mientras él daba conferencias en la Universidad de Buenos Aires. Descubierto por los servicios de inteligencia que había instaurado su hijo, éste lo amenazó con destruir a la joven en su reputación y si era necesario de cualquier otra forma. No tuvo más remedio que renunciar a ella. Finalmente esta circunstancia lo llevó a la depresión y al suicidio, ocurrido exactamente un año después que el de su amigo Horacio Quiroga y a la misma hora; una madrugada del 19 de febrero de 1938 ocasión en la que bebió… un vaso de cianuro.

La tragedia siguió acompañando a la descendencia de Leopoldo Lugones. La hija de Polo y nieta del escritor; que había heredado los dones poéticos y narrativos de su abuelo y que fue escritora, periodista, editora y traductora, renegó de las ideas de su padre y decidió militar en el Peronismo de la resistencia durante la proscripción del movimiento peronista, primero lo hizo en las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y luego en Montoneros, ambos grupos guerrilleros que integraban el complejo universo peronista de aquellos años. Quiso también el destino que Susana Lugones Aguirre (hija de un torturador y nieta del gran poeta por parte de padre y del gran músico Julián Aguirre por parte de madre); apodada Pirí Lugones; fuera secuestrada y torturada por la dictadura instaurada entre 1976 y 1983; con el mismo instrumento nefasto que había fabricado su padre; para luego ser arrojado su cuerpo al Rio de la Plata en los tristemente célebres “Vuelos de la Muerte”, muchos estiman que murió un poco antes del Mundial de Fútbol que se jugó en Argentina en 1978.

A la tragedia de un escritor y a sus contradicciones hoy sólo nos queda su obra y las estrofas de versos impregnados de melancolía que rezan:

Al promediar la tarde de aquel día,
cuando iba mi habitual adiós a darte,
fue una vaga congoja de dejarte
lo que me hizo saber que te quería….”

Tal vez dedicados a un amor imposible.

 

 

 

 

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