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Los silentes atardeceres
del desierto

Por Silvio Marcelo Dall'Ara

Los silentes atardeceres del desierto

[Silvio Marcelo Dall'Ara] El joven recibió la orden de prepararse para viajar. El viejo mercader, que lo había adoptado cuando niño, le informó que harían una larga travesía por el desierto como parte de su aprendizaje y que, cuando llegaran a destino, se despedirían para siempre. El joven sintió una extraña desazón, porque no tenía a nadie más en este mundo. No recordaba el rostro de sus padres a quienes habían asesinado durante un enfrentamiento con ladrones en los caminos de Qazvin antes del Ramadán y él, con apenas tres años, había quedado mal herido e inconsciente abrazado por el cadáver de su padre. El anciano lo había encontrado cuando pasaba por allí y revisando los cuerpos para ver si hallaba alguien con vida, lo descubrió casi muerto y lo llevó consigo, por entender que era la voluntad de Alá criar un hijo de otras entrañas para que cumpla con su destino.

Fue así que el anciano le enseñó a contar y los signos de los números, a criar ovejas para vender en los mercados de Damasco, a preparar carne secándola en los salares para las travesías y también lo instruyó para hacer las abluciones y los rezos necesarios para conservarse en la gracia de Alá. Aprendió a leer y escribir teniendo como única lectura el Corán y como único maestro al viejo mercader, que en su vejez criaba con devoción a este hijo de la providencia divina. Ismaíl, pues así lo había llamado el anciano al desconocer su nombre, ahora debía cumplir con su destino.

El viaje duró varias semanas hasta que llegaron al pie de una escarpada montaña, donde los esperaban dos peregrinos vestidos de negro, que entregaron al anciano una pequeña vasija. Sin entender qué pasaba, Ismaíl vio cómo su protector destapó el recipiente e introdujo su mano en el mismo, para luego desplomarse mirándolo a los ojos. La vasija cayó junto al cuerpo y al quebrarse dejó escapar una serpiente que se perdió entre las rocas. “Tuvo una muerte dulce”, dijo uno de los hombres cerrándole los ojos y le ordenó a Isamíl que los siguiera por un sendero en la montaña.

Luego de una esforzada caminata llegaron a una fortaleza en la cima, habitada por una comunidad de monjes sometidos a una dura disciplina a la que tuvo que adaptarse; pues se convirtió en una suerte de esclavo y sirviente para todo tipo de trabajos duros, durante los siguientes años. Cada tanto se ausentaban algunos monjes ataviados con vestiduras negras y espadas curvas y cuando regresaban, se escuchaban extraños rumores en la parte de la fortaleza a la que sólo ingresaban algunos. A veces no regresaban y en esos días el silencio era más profundo y oscuros cánticos, como lamentos de almas, se escuchaban por nueve noches. Pronto comprendió que la comunidad tenía una estricta y compleja jerarquía, en cuya cúspide estaba “Sheij al Shebal”; expresión que en árabe significa “el viejo de la montaña”; al que nunca había podido ver.

Los monótonos días se sucedieron, así como las semanas, los meses y las estaciones, mientras Ismaíl trabajaba duro en el piso inferior de la fortaleza. Sin embargo y cuando nada lo presagiaba, un día le ordenaron presentarse a uno de los monjes, quien al recibirlo le proveyó túnicas y turbantes negros y le dijo que se cambiara. Una vez que estuvo listo, le dio además una vasija cerrada con el mandato de entregarla en el momento oportuno, a quien él le indicara. Ambos salieron de la fortaleza esa mañana y mientras bajaban por los senderos de la montaña, comprendió que la historia se repetiría y que nada podía hacer para cambiar el destino… y nada hizo. Finalmente, tuvo que acompañar a otro joven por los mismos senderos que alguna vez había recorrido, presintiendo que estaba destinado a los duros trabajos que él había realizado hasta ese día.

Cuando regresaron a la fortaleza, su compañero le ordenó que dejara al joven en piso inferior y que luego subiera por unas escaleras, que hasta ese día le estuvieron vedadas. Tres años habían pasado y por primera vez iba a conocer el segundo nivel de la antigua construcción. Una vez allí, lo esperaban otros hombres ataviados como él y le dieron un shamsir. Nunca había usado una espada curva y supo que, a partir de ese momento, había sido nombrado como un “hermano de la ley” y sus días se repartieron entre la lectura del Corán y los duros entrenamientos para manejar el arma que le habían asignado. A los pocos meses de aprender los rudimentos del manejo del shamsir, lo llevaron a la parte posterior de la enorme fortaleza donde había una caballeriza y una salida hacia el oriente de la montaña, que desembocaba en un camino de cornisa por el que debió aprender a cabalgar; así pasaron más meses de entrenamiento y cabalgatas en el desierto, hasta que estuvo listo para hacer su primera “campaña”.

Siete jinetes partieron en un amanecer, previo a beber un oscuro brebaje de sabor amargo, cada uno con su shamsir y ataviados con sus túnicas y turbantes negros que les ocultaban el rostro. Ismaíl sentía un inusual regocijo y cabalgaba sin saber a dónde… hasta que divisaron una caravana de mercaderes que se dirigía al occidente llevando especias, frutas secas y sedas. Galoparon raudamente gritando palabras ininteligibles para Ismaíl, que trataba de imitarlas esforzándose por emitir un siseo similar al de las serpientes, mientras su corazón palpitaba como nunca antes lo había hecho. Cuando rodearon al convoy, comenzaron a decapitar entre los alaridos de las víctimas a las mujeres, ancianos y hombres que integraban la delegación, hasta que sólo quedaron con vida una madre con su pequeño hijo en brazos. Los monjes rodearon a Ismaíl y entre gestos amenazantes y sonidos agudos, le ordenaron que la decapite… y con el corazón desbordado de euforia lo hizo sin vacilar. El niño se aferró al cuello sangrante de su madre, mientras otro de los jinetes lo golpeó dejándolo sin conocimiento.

Sin tocar la mercadería ni las riquezas que llevaba la caravana, todos se alejaron hacia una colina cercana y allí se quedaron en vigilia hasta que vieron llegar a un peregrino que revisó pacientemente los cuerpos, hasta que descubrió al niño inconsciente. Luego de levantarlo lo envolvió con unos paños y emprendió su marcha regresando por donde había llegado. Los jinetes lo vigilaron desde lejos hasta que lo vieron ingresar por las puertas de la antigua ciudad de Qazvin. Finalmente se alejaron cabalgando en silencio y dejando como único rastro de su presencia un remolino de arena en el desierto que se fue diluyendo hacia el atardecer.

Cuando regresaron a la fortaleza los esperaban otros hermanos que se encargaron de los animales y les indicaron que ingresen a una recámara. En ese lugar los hicieron recostar en siete esteras, mientras les ofrecieron una pipa de cerámica conectada a un recipiente con brasas que producía un abundante humo. Ismaíl ingresó en un profundo estado de inconciencia, del que despertó tres días después, sin recordar casi nada. Los días pasaron entre duros entrenamientos, cabalgatas en el desierto y lecturas del Corán; hasta que sobrevino otra campaña, seguida de la secreta ceremonia del olvido y luego otra… y otra… y así, por varios años.

Un día, luego del Salat del alba, dijeron a Ismaíl que iba a tener el privilegio de conocer en persona al Sheij al-Yebal. Le cubrieron el rostro con una manta oscura y lo guiaron por los interminables pasillos de la fortificación, hasta llegar a una escalera caracol que lo llevó por primera vez al tercer nivel de la inmensa construcción. Una vez allí, cuando le sacaron la manta, se encontró en una humilde recámara iluminada por una ventana que daba al sudoeste; donde un venerable anciano vestido de blanco con un turbante de seda roja le dio la bienvenida y lo invitó a rezar con el libro sagrado. Ambos se prosternaron en señal de veneración y comenzaron a recitar las oraciones. El tiempo parecía detenido hasta que finalizaron y luego el anciano lo invitó a sentarse en una esterilla, donde le ofreció un té y con el primer sorbo perdió el conocimiento.

Una suave brisa marina despertó a Ismaíl en el regazo de una bella mujer de penetrantes ojos negros y cabellos oscuros, cuya piel lucía como el marfil. Otra mujer con piel de ébano y ojos color ámbar le ofreció los higos más dulces que jamás había probado, mientras una tercera de cabellos dorados le acercaba a sus labios una copa con una fragante ambrosía. Árboles gigantes rodeaban estanques inmensos desbordados de aguas cristalinas y jalonados con jardines floridos, donde más mujeres agraciadas, acariciadas por la cálida brisa del lugar, se refrescaban. Fuentes pletóricas de frutas ofrecían a la vista y al gusto, insólitos colores y sabores bajo un intenso cielo azul. Todos los sentidos y los ánimos de Ismaíl se exaltaron y no pasó siquiera un minuto de ese día sin que el placer, en cualquiera de sus formas, lo abandonara; hasta que, al atardecer, un último sorbo de ambrosía lo sumió en el más placentero sueño que tuvo en su vida.

Cuando despertó, se encontró en la misma esterilla en la que estaba tomando té con el Maestro. El venerable, sonriendo le preguntó si había disfrutado del edén prometido a los fieles. Alá -que todo lo sabe-, le dijo, había decidido revelarle el destino que tendrán los justos y leales al islam. Por último, le preguntó si estaba dispuesto ofrecer el mayor juramento que puede pedirse a los hijos de Alá, a lo que Ismaíl accedió sin vacilar. Al escuchar la respuesta, el anciano extrajo una daga con incrustaciones de oro y piedras preciosas y con su propia mano derramó sangre del brazo de Ismaíl pronunciando el temible juramento con fórmulas hieráticas: ¡Que así sea! … dijo el adepto al escucharlo… ¡Qué así sea!...repitió el Maestro, entregándole la daga ensangrentada. La noche de ese día fue la última de Ismaíl en la fortaleza y al amanecer partió, cabalgando por el desierto sin rumbo conocido. Poco se sabe de su destino.

Rumores circulaban en Qazvin, sobre demonios que asesinaban a los mercaderes en las caravanas. Se escucharon por los caminos de Bagdad, Jerusalén y Damasco, testimonios de inesperadas muertes ocurridas al atardecer. Las memorias de un viajero veneciano narran el asesinato de visires, príncipes, clérigos y otros gobernantes que profanaban la fe del Islam. Legendarias historias alimentaban los temores de los pueblos del desierto y las caravanas eran advertidas del peligro de transitar por los caminos de Qazvin en las vísperas del Ramadán.

En el cuarto manuscrito de los rollos de Kashan, encontrados en las cercanías de Sialk, que algunos datan alrededor de los años 520 o 530 de la Hégira, puede leerse: “…Sólo se sabe con certeza que, estando en plena marcha y habiendo el sol transitado por el cenit, la caravana se esfumó…”. En este punto el papiro está deteriorado y sólo al final del mismo puede descifrarse de manera fragmentaria lo siguiente: “…tarde comprendió que el brillo argentino que centelleaba entre sombras oscuras en la arena arremolinada, eran (...) No sintió dolor cuando cayó y pudo ver cómo su sangre regaba el suelo mientras sentía en su boca el sabor dulce de su muerte (…) al llegar el peregrino, entre los cadáveres desperdigados encontró al niño inconsciente en los brazos de su madre degollada (…) lo envolvió con unos paños, lo levantó y mirando hacia una colina cercana, hizo señas y los jinetes allí apostados se alejaron hasta desaparecer. El niño dormía, le dio un beso en la frente y le dijo: -Serás Ismaíl… guerrero de Alá…-. En el silente atardecer del desierto, apenas se percibía un leve rumor, como el que hacen las serpientes en la arena o los insectos por la noche.

(Silvio Marcelo Dall’Ara)
silviodallara@gmail.com

 

 

 

 

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