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La paradoja del conocimiento

Sistema Tolemaico

[Silvio Marcelo Dall'Ara] La producción y transmisión del conocimiento humano es un hecho tanto individual como social, además de político y complejo, de central importancia. Podría evaluarse el grado de progreso de cada pueblo o nación e incluso de la humanidad en su conjunto; por las formas en las que se produce, comparte y utiliza. En definitiva, entender cómo una comunidad gestiona el saber, constituye un parámetro de primordial importancia para analizar no sólo su nivel de desarrollo, sino su posible futuro. En términos generales puede concluirse que una adecuada gestión del conocimiento está estrechamente vinculada con la supervivencia y el progreso de una comunidad, y a la inversa, una inadecuada gestión pone en peligro su misma existencia.

La cuestión planteada es tan amplia, que en este artículo vamos a enfocarnos en sólo un aspecto de la misma, que se relaciona con lo que daremos en llamar “La paradoja del progreso o evolución del conocimiento”; idea que apunta a un problema práctico atinente a la gestión colectiva del conocimiento, o si se quiere, a la gestión del conocimiento que realizan las instituciones que una sociedad crea con esta finalidad.

Queda claro que, no es objeto de este análisis la perspectiva gnoseológica o filosófica del saber; sino que apunta a cierta forma de conocimiento que las comunidades gestionan a través de los sistemas educativos institucionalizados. Queda claro también, que esta forma institucional de gestionar el conocimiento no es la única posible, ya que, la experiencia histórica ha demostrado que destacados aportes en diferentes ciencias y artes se han producido por fuera de las instituciones sociales dedicadas a la producción y gestión del conocimiento e incluso, en algunos casos, a pesar de ellas.

No se puede ignorar que el fenómeno humano del conocimiento en su génesis, imaginación, inteligencia o creatividad científica y artística son tributarios de la persona humana y de su libertad en su aspecto más íntimo o psicológico; sin embargo, también es un fenómeno que tiene una dimensión colectiva porque cada generación hereda, conserva, transmite, modifica o se aparta de los cánones vigentes del saber de su tiempo a partir de lo que ya ha sido creado, descubierto imaginado o escrito.

Cualquiera sea la actitud o valoración que se tenga respecto de la tradición o del conocimiento que nos precede, no puede negarse su importancia. Así lo percibió el teólogo y filósofo Juan de Salisbury (1115-1180) en su obra, Metalogicon (1159) cuando escribió “Nos sumus sicut nanus positus super humerus gigantis” (somos como enanos colocados a hombros de gigantes); concepto luego por utilizado por Robert Burton (1577-1640), en “The Anatomy of Melancholy” (1621), cuando escribió “A dwarf standing on the shoulders of a giant may see farther than a giant himself” (Un enano subido a los hombros de un gigante puede ver más lejos que el propio gigante); y tomada luego por Isaac Newton (1643-1727) que escribió en 1676: “If I have seen further, it is by standing upon the shoulders of giants”. (Si he podido ver más allá, es porque me encaramé a hombros de gigantes).

Para entender la paradoja propuesta, resulta necesario empezar por enfocarnos en la dimensión pedagógica del conocimiento; la que trasciende al aspecto personal e individual de este fenómeno porque involucra la participación de, al menos, dos personas. Nos estamos refiriendo a la forma más elemental y básica de transmisión del saber; aquella que evoca la imagen del maestro con su aprendiz, figura familiar y arquetípica en la que subyacen dos actitudes complementarias; la de enseñar (guiar, tutelar, corregir y evaluar) y la de aprender (seguir, ensayar, rendir y aprobar). Esta relación de enseñanza y aprendizaje es central en nuestra reflexión por ser la que importa a las comunidades en general que han terminado institucionalizándola, o sea, regulándola y controlándola.

Esta imagen arquetípica, que recuerda una forma de aprendizaje que podríamos denominar “tutelar”, reposa en una presunción: que aquel que imparte el conocimiento conoce lo que enseña y aquel que lo recibe ignora lo que debe aprender. Es por ello que la relación existente entre ambas partes se presenta asimétrica; pues el que enseña está por lo general dotado de una autoridad natural sobre aquel que debe aprender, no sólo para elegir qué enseñar y cómo hacerlo sino para determinar en qué momento o cuándo el aprendiz deja de serlo. Esta relación, que en los albores de la humanidad tenía lugar en el seno familiar o tribal; en las comunidades más complejas se ha ido institucionalizando y el poder que ejercían los padres, madres o parientes cercanos en general, se trasladó con el tiempo a la autoridad política de la comunidad.

Puede entenderse esta concepción o modelo primario y casi “paterno (o materno)-filial” de la enseñanza y el aprendizaje, como una consecuencia de la propia naturaleza, que ha dotado a la humanidad de una larga y frágil infancia que requiere de una activa participación de los padres y madres y demás mayores en la crianza y protección de los hijos y en la enseñanza de los primeros conocimientos que hacen a la supervivencia de la especie. Esta forma primaria de conocimiento que comparten los mamíferos en general, es relativamente invariable. Los lobos adultos que enseñan a sus lobeznos los rudimentos de la caza, se comportan en este proceso de enseñanza-aprendizaje, más o menos de la misma forma como se comportaban los lobos y lobeznos de hace 40.000 años. Cuando el lobezno crece adopta las conductas de sus mayores y el ciclo se repite indefinidamente. El lobezno termina desplazando a sus mayores, como consecuencia del natural envejecimiento de los mismos, pero no cambia significativamente los “contenidos curriculares” que transmite.

Los seres humanos compartieron con los demás mamíferos por mucho tiempo este destino, y aun hoy siguen aprendiendo algunas cosas de igual forma como lo hicieron los hombres primitivos. Sin embargo, la evolución humana ha generado un camino alternativo que agrega a esta forma primaria de aprendizaje “tutelar” una segunda forma de aprendizaje que se manifiesta mediante el cuestionamiento de la autoridad tutelar; una suerte de asesinato simbólico o ideológico de la misma que concluye con la sustitución del conocimiento heredado por un conocimiento descubierto o creado, nuevo y diferente que principia siendo resistido por la comunidad pero termina por imponerse hasta que otra rebelión similar lo desplace… y así sucesivamente. El conocimiento en sus diversas formas en todas las ciencias y artes cambia con el tiempo y cada generación termina imponiendo su impronta. A este fenómeno podríamos definirlo (si somos optimistas), como evolución o progreso de las artes y las ciencias.

Esta nueva forma de crear conocimiento, que podríamos denominar “disruptiva”, constituye la primera manifestación de la paradoja propuesta; dado que, para poder superar y mejorar el conocimiento heredado, éste deviene imprescindible. El sistema geocéntrico de Claudio Tolomeo (Siglo II), fue un canon vigente que se impuso por más de 1300 años (hasta el siglo XVI), cuando estimuló las nuevas ideas de Copérnico, Galileo, Newton, Kepler y otros pensadores que contaban con el aporte de Tolomeo, a partir del cual pudieron diferenciarse. ¿Tolomeo habrá sido el gigante que permitió a Copérnico y otros pensadores, ver más lejos por subirse a la altura de sus hombros? Siguiendo nuestra línea de pensamiento, entiendo que sí, aunque la estupenda metáfora se Salisbury es un poco lírica y no debe hacernos pensar que el tránsito del conocimiento aceptado al nuevo conocimiento disruptivo que lucha por imponerse, haya sido siempre pacífico o amigable. En el ejemplo dado se requirieron un poco más de 1000 años y unas cuantas fogatas, para que, el afirmar que la tierra no es el centro del universo sea inocuo.

No creo que Claudio Tolomeo, mientras trabajaba en la Biblioteca de Alejandría, haya siquiera imaginado la enorme proyección intelectual y trascendencia temporal más que milenaria que adquirieron sus cálculos; ni las consecuencias que produjeron a la salud de algunas personas (recordemos los inconvenientes que tuvieron Galileo, Bruno y algunos más). Tolomeo era un astrónomo, matemático y geógrafo brillante que aportó una perspectiva ingeniosa en su tiempo y en muchos sentidos muy práctica para entender el universo. Seguramente hubiera estado en desacuerdo con el uso de la fuerza para imponer su cosmovisión, a diferencia de sus apologistas; y mucho más en desacuerdo con retrasar por más de 1000 años el desarrollo de la astronomía a sangre y fuego.

¿Qué es lo que intermedió entre ambos tipos de conocimiento (el tutelar o tradicional y el disruptivo o innovador), para que esa transición sea tan traumática? La respuesta es sencilla: esta intermediación fue gestionada por instituciones que se arrogaron la función de administrar el conocimiento. Es aquí en donde podemos advertir cierta tensión entre la gestión social del conocimiento, que por lo general es tutelar, institucionalizada, pletórica de reglas y limitaciones y su dimensión personal o individual en la que prevalece la imaginación, una mayor libertad y creatividad y cierta tendencia a la disrupción. Entre la dimensión social institucional (y tutelar) del conocimiento y la individual (a veces disruptiva), siempre hubo conflictos, aunque ambas se necesiten mutuamente.

Es entendible que, en las primeras etapas del desarrollo biológico de un ser humano, predomine un aprendizaje tutelar. Por lo general, la estructura tutelar del fenómeno enseñanza-aprendizaje se mantiene de manera relativamente pacífica durante el período de crecimiento, comprensivo de la niñez, la adolescencia y la juventud; lo que en términos biológicos termina aproximadamente cuando dejamos de crecer, a los 25 años. No es casual que la mayoría de los sistemas sociales institucionalizados de enseñanza respeten los diferentes estadios evolutivos del ser humano: educación primaria para la niñez; secundaria para los adolescentes y universitaria para los jóvenes; considerándose que la adultez empieza cuando el universitario obtiene su título de grado, lo que ocurre, con algunos matices y según las carreras, entre los 23 y 25 años, aunque últimamente se haya extendido hasta los 26 ó 27 años, en razón del fenómeno de la especialización del conocimiento mediante post-grados.

Si bien, no podríamos establecer con precisión en qué momento de su vida biológica el ser humano a veces manifiesta una actitud disruptiva con relación al conocimiento que recibe; la experiencia histórica nos revela una tendencia; que indica que ocurre al finalizar su educación tutelar alrededor de los 23 ó 25 años. Esta tendencia puede insinuarse durante el período de aprendizaje, pero se exterioriza por lo general cuando se arriba a la adultez. Albert Einstein, sufrió su período de aprendizaje como un estudiante “mediocre” de física, graduándose a los 21 años como profesor (en 1900), sin poder conseguir trabajo hasta 1902 cuando su amigo Marcel Grossmann le consigue un empleo en la oficina de patentes en suiza en la que trabajará hasta 1909. Entre 1904 y 1905 (con más de 25 años), presenta sus primeras ideas de física. Otro ejemplo paradigmático de un pensador rupturista es el de Charles Darwin quien era considerado un holgazán hasta los 21 años cuando su padre lo embarcó en un viaje “iniciático” en el bergantín de la marina británica H. M. S. Beagle que durará 5 años. Después de los 25 años empieza a elaborar su Teoría de la Evolución, cuando regresa del viaje y analiza los copiosos datos recogidos, para terminar publicándola a los 40 años en 1859. Isaac Newton, tuvo una trayectoria personal y escolar llena de altibajos; si bien comenzó a realizar sus primeros aportes después de los 22 años es a partir de los 24 años que comienzan a ser más significativos. Incluso, cuando nacen mentes precoces como la de Wolfgang Amadeus Mozart cuyo talento genial se manifestó a los 3 años, principian dominando el canon tradicional, pero generan su revolución cognitiva en la temprana madurez que alcanzan entre los 23 y 25 años.

Wikipedia

Claudio Tolomeo
Claudio Tolomeo

Teoría Geocéntrica
Teoría Geocéntrica

Nicolás Copérnico
Nicolás Copérnico

Modelo Heliocéntrico
Modelo Heliocéntrico

Johanes Kepler
Johanes Kepler

Leyes de Kepler
Leyes de Kepler

La mayoría de los miembros de una comunidad tiende a aprender y conservar lo aprendido cumpliendo un ciclo muy similar al que cumplen nuestros amigos lobos, comportándose de manera leal a la tradición aprendida, lo que les reporta además importantes beneficios al posicionarlos como los principales agentes o custodios de la misma. Sin embargo, parece estar reservado para unos pocos el papel disruptivo de rebelde, innovador o iconoclasta. Puede advertirse que los iconoclastas atraviesan con mayor o menor entusiasmo la etapa tutelar, pero cuando logran desembarazarse de ella (lo que coincide por lo general cuando termina su período de crecimiento), en lugar de convertirse en misioneros de la tradición aprendida, la transgreden, la cuestionan y provocan un temblor que conmueve sus bases de sustentación; en alguna medida, matan simbólicamente a la tradición. En este orden, podemos advertir que Darwin (que estudió teología) destruye el creacionismo, Einstein supera a su admirado Newton, Mozart se aparta de su padre musical Johan Sebastian Bach; así como luego Ludwig van Beethoven se apartará de Mozart.

En todos los casos, los rebeldes dominaron la tradición y la conocían a la perfección para poder apartarse de ella y crear nuevos caminos. Ninguno de ellos ignoró o dejó de entender qué hacían sus predecesores. No puede haber revolución o rebeldía sino respecto de algo que se quiera subvertir y para ello es necesario dominar, conocer y entender profundamente aquello que se desea cambiar. Al parecer, para que el conocimiento evolucione requiere la conjunción de al menos dos condiciones: el dominio de la tradición y la adultez (que ocurre cuando cesa la tutela del maestro).

Los rebeldes disruptivos nunca encajan del todo con la gestión institucional del conocimiento de la comunidad a la que pertenecen; por lo general la sufren. Por su parte, comunidad del conocimiento nunca es indiferente a la aparición de estos raros especímenes y suele combatirlos a veces con saña; pero como la eficiencia y la supervivencia de una comunidad depende de la calidad de su conocimiento, a la larga o a la corta, si la innovación en más eficiente termina imponiéndose y luego transformándose en un nuevo dogma, que en el futuro será blanco del ataque de otros innovadores.

En una sociedad equilibrada, la tradición es fuerte pero no ahoga la innovación, a la vez que impone a los innovadores un estándar exigente para superarla. Cuando la sociedad no es equilibrada, encontramos dos formas extremas de decadencia: En primer lugar están las sociedades fósiles, que sepultan toda innovación bajo la violenta rigidez de la tradición. Así ocurrió con las tribus micénicas que terminaron desplazadas por los Dorios, una tribu helénica que invadió con éxito la península del Peloponeso, por el solo hecho de haber descubierto cómo fabricar espadas con una aleación metálica más resistente que las utilizadas por aquellas. De nada sirvió a los micénicos invocar a sus divinidades o consagrar sus armas en los altares de sus dioses. También ocurrió durante la Edad Media cuando se impuso a sangre y fuego el sistema geocéntrico. En el otro extremo están las sociedades disolutas o extremadamente relativistas, en las cuales la tradición es tan débil que se vuelve inexistente y cualquier innovación es imposible, al no tener un marco de referencia para medir su eficiencia, deviniendo imposible el progreso; la decadencia y caída de Roma es un ejemplo paradigmático.

Ambos extremos, la rigidez y una conducta disoluta o anárquica en relación al conocimiento constituyen síntomas de peligrosa decadencia que suele derivar en la desaparición de la comunidad que la padece. Es por ello que el progreso del conocimiento, se sustenta en la permanente tensión entre la tradición e innovación, en una permanente batalla entre conservadores e innovadores. En este escenario, lo deseable es que ninguna victoria sea permanente y que un frágil equilibrio favorezca de tanto en tanto la innovación, propuesta por aquellos que dominen el canon vigente de tal forma que se hayan ganado el derecho de modificarlo e incluso destruirlo para mejor. ¿Cuál es el estado actual de esta batalla en nuestro mundo post-moderno? ¿La comunidad del conocimiento en la actualidad, responde a alguno de los paradigmas explicados? Las respuestas quedarán para una próxima entrega. (Silvio Marcelo Dall’Ara)

 

 

 

 

 

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