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Octubre 2021
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El Monte de las Ánimas

Gustavo Adolfo Bécquer

[Gustavo Adolfo Bécquer] La noche de difuntos me despertó, a no sé qué hora, el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.

Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca, y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato, me decidí a escribirla, como, en efecto, lo hice.

Yo no la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza, con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.

Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

I

-Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.

-¡Tan pronto!

-A ser otro día no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.

-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua; yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré la historia.

Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.

Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:

“Ese monte que hoy llaman de las Ánimas pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla, que así hubieran sabido solos defenderla como solos la conquistaron.”

“Entre los caballeros de la nueva y poderosa orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.”

“Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres; los lobos, a quienes se quiso exterminar, tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey; el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte, y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.”

“Desde entonces dicen que, cuando llega la noche de Difuntos, se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.”

La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporársele los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

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"El Monte de las Ánimas"

¿Quién fue Gustavo Adolfo Bécquer?

Gustavo Adolfo Bécquer

[SEPA] Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida (1836-1870), fue el segundo hijo del pintor José Domingo Insáusti y Joaquina Faustina Vargas y creció junto a su hermano Valeriano en el seno de una familia culta, de nobles y comerciantes por el lado paterno. Su padre adoptó el apellido Bécker o Bécquer de sus antepasados flamencos; tradición que siguieron ambos hijos Gustavo Adolfo y Valeriano.

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El Monte de las Ánimas
El Monte de las Ánimas

En la familia Bécquer hubo numerosos de artistas plásticos por generaciones y ambos hijos de José Domingo fueron talentosos dibujantes y pintores, aunque quien abrazó la pasión de la pintura como actividad principal fue su hermano Valeriano, a quien se le debe el icónico retrato de Gustavo Adolfo que ilustra este artículo.

La prematura muerte de su padre, cuando Gustavo contaba con cuatro años, hizo que su talento pictórico perdiera el principal de sus apoyos y a los diez años terminara ingresando al Real Colegio de Humanidades de San Telmo en Sevilla.

Adscripto al romanticismo propio de su época, compone sus primeras rimas para una mujer que habría sido su amante, pero de la que no hay ninguna referencia; algunos de sus biógrafos afirman que la misteriosa dama lo dejó por no compartir su pasión por la bohemia.

Con el tiempo contraerá matrimonio con Casta Esteban y Navarro, una mujer con la que nunca se llevó bien, aunque tuvieron tres hijos. Sin embargo, enfermo de tuberculosis se muda a un convento en Zaragoza por un año, donde escribe gran parte de su producción literaria.

Entre las convulsiones políticas de España y sus desavenencias con su esposa vive sus últimos años con su hermano padeciendo secuelas de diferentes enfermedades que lo aquejaban, hasta que finalmente fallece un 22 de diciembre de 1870 a la escasa edad de 34 años. Su obra hubiera permanecida en el olvido si no fuera que su amigo, el pintor Casado de Alisal recaudó fondos para publicarlas.

Lo que pensaba del arte poético Bécquer lo expresa en la reseña que hizo del libro de su amigo Augusto Ferrán “La Soledad”, en estos términos:

“Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua que se mueve con una cadenciosa majestad, habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su hermosura. Hay otra, natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye; y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía. La primera tiene un valor dado: es la poesía de todo el mundo. La segunda carece de medida absoluta; adquiere las proporciones de la imaginación que impresiona: puede llamarse la poesía de los poetas. La primera es una melodía que nace, se desarrolla, acaba y se desvanece. La segunda es un acorde que se arranca de un arpa, y se quedan las cuerdas vibrando con un zumbido armonioso. Cuando se concluye aquélla, se dobla la hoja con una suave sonrisa de satisfacción. Cuando se acaba ésta, se inclina la frente cargada de pensamientos sin nombre. La una es el fruto divino de la unión del arte y de la fantasía. La otra es la centella inflamada que brota al choque del sentimiento y la pasión. Las poesías de este libro pertenecen al último de los dos géneros, porque son populares, y la poesía popular es la síntesis de la poesía.”

En la narrativa, el autor en sus leyendas ingresa en el relato gótico donde cultiva su gusto por lo exótico, abordando temáticas relacionadas con la muerte, la vida de ultratumba, la hechicería y el animismo. Su talento no se limitó a la literatura sino que incursionó en el dibujo y la música habiendo trabajado en cinco zarzuelas junto a su amigo Luis García de Luna.

 

 

 

 

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