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La Estatua de Sal
De Leopoldo Lugones

Pieter Schoubroeck
Pieter Schoubroeck o Schaubroeck (1570-1607)

[Leopoldo Lugones] He aquí cómo refirió el peregrino la verdadera historia del monje Sosístrato:

-Quien no ha pasado alguna vez por el monasterio de San Sabas, diga que no conoce la desolación. Imaginaos un antiquísimo edificio situado sobre el Jordán, cuyas aguas saturadas de arena amarillenta, se deslizan ya casi agotadas hacia el Mar Muerto, por entre bosquecillos de terebintos y manzanos de Sodoma. En toda aquella comarca no hay más que una palmera cuya copa sobrepasa los muros del monasterio. Una soledad infinita, sólo turbada de tarde en tarde por el paso de algunos nómadas que trasladan sus rebaños; un silencio colosal que parece bajar de las montañas cuya eminencia amuralla el horizonte. Cuando sopla el viento del desierto, llueve arena impalpable; cuando el viento es del lago, todas las plantas quedan cubiertas de sal. El ocaso y la aurora se confunden en una misma tristeza. Sólo aquellos que deben expiar grandes crímenes, arrostran semejantes soledades. En el convento se puede oír misa y comulgar. Los monjes que no son ya más que cinco, y todos por lo menos sexagenarios, ofrecen al peregrino una modesta colación de dátiles fritos, uvas, aguas del río y algunas veces, vino de palmera. Jamás salen del monasterio, aunque las tribus vecinas los respetan porque son buenos médicos. Cuando muere alguno, le sepultan en las cuevas que hay debajo a la orilla del río, entre las rocas. En esas cuevas anidan ahora parejas de palomas azules, amigas del convento; antes, hace ya muchos años, habitaron en ellas los primeros anacoretas, uno de los cuales fue el monje Sosístrato cuya historia he prometido contaros. Ayúdeme nuestra Señora del Carmelo y vosotros escuchad con atención. Lo que vais a oír me lo refirió palabra por palabra el hermano Porfirio, que ahora está sepultado en una de las cuevas de San Sabas, donde acabó su santa vida a los ochenta años en la virtud y la penitencia. Dios le haya acogido en su gracia. Amén.

Sosístrato era un monje armenio, que había resuelto pasar su vida en la soledad con varios jóvenes compañeros suyos de vida mundana, recién convertidos a la religión del crucificado. Pertenecía, pues, a la fuerte raza de los estilitas. Después de largo vagar por el desierto, encontraron un día las cavernas de que os he hablado y se instalaron en ellas. El agua del Jordán, los frutos de una pequeña hortaliza que cultivaban en común, bastaban para llenar sus necesidades. Pasaban los días orando y meditando. De aquellas grutas surgían columnas de plegarias, que contenían con su esfuerzo la vacilante bóveda de los cielos próxima a desplomarse sobre los pecados del mundo. El sacrificio de aquellos desterrados, que ofrecían diariamente la maceración de sus carnes y la pena de sus ayunos a la justa ira de Dios, para aplacarla, evitó muchas pestes, guerras y terremotos. Esto no lo saben los impíos que ríen con ligereza de las penitencias de los cenobitas. Y sin embargo, los sacrificios y oraciones de los justos son las claves del techo del universo.

Al cabo de treinta años de austeridad y silencio, Sosístrato y sus compañeros habían alcanzado la santidad. El demonio, vencido, aullaba de impotencia bajo el pie de los santos monjes. Estos fueron acabando sus vidas uno tras otro, hasta que al fin Sosístrato se quedó solo. Estaba muy viejo, muy pequeñito. Se había vuelto casi transparente. Oraba arrodillado quince horas diarias, y tenía revelaciones. Dos palomas amigas traíanle cada tarde algunos granos de granada y se los daban a comer con el pico. Nada más que de eso vivía; en cambio olía bien como un jazminero por la tarde. Cada año, el viernes doloroso, encontraba al despertar, en la cabecera de su lecho de ramas, una copa de oro llena de vino y un pan con cuyas especies comulgaba absorbiéndose en éxtasis inefables. Jamás se le ocurrió pensar de dónde vendría aquello, pues bien sabía que el señor Jesús puede hacerlo. Y aguardando con unción perfecta el día de su ascensión a la bienaventuranza, continuaba soportando sus años. Desde hacía más de cincuenta, ningún caminante había pasado por allí.

Pero una mañana, mientras el monje rezaba con sus palomas, éstas asustadas de pronto, echaron a volar abandonándole. Un peregrino acababa de llegar a la entrada de la caverna. Sosístrato, después de saludarle con santas palabras, le invitó a reposar indicándole un cántaro de agua fresca. El desconocido bebió con ansia como si estuviese anonadado de fatiga; y después de consumir un puñado de frutas secas que extrajo de su alforja, oró en compañía del monje.

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Leopoldo Lugones
Leopoldo Lugones

Sodoma
Sodoma

Gomorra
Gomorra

Transcurrieron siete días. El caminante refirió su peregrinación desde Cesarea a las orillas del Mar Muerto, terminando la narración con una historia que preocupó a Sosístrato.

-He visto los cadáveres de las ciudades malditas, -dijo una noche a su huésped-. He mirado humear el mar como una hornalla, y he contemplado lleno de espanto a la mujer de sal, la castigada esposa de Lot. La mujer está viva, hermano mío, y yo la he escuchado gemir y la he visto sudar al sol del mediodía.

-Cosa parecida cuenta Juvencus en su tratado “De Sodoma”, -dijo en voz baja Sosístrato-.

-Sí, conozco el pasaje -añadió el peregrino-. Algo más definitivo hay en él todavía; y de ello resulta que la esposa de Lot ha seguido siendo fisiológicamente mujer. Yo he pensado que sería obra de caridad libertarla de su condena

-Es la justicia de Dios -exclamó el solitario-.

-¿No vino Cristo a redimir también con su sacrificio los pecados del antiguo mundo? -replicó suavemente el viajero que parecía docto en letras sagradas-. ¿Acaso el bautismo no lava igualmente el pecado contra la Ley que el pecado contra el Evangelio?

Después de estas palabras, ambos se entregaron al sueño. Fue aquélla la última noche que pasaron juntos. Al siguiente día el desconocido partió, llevando consigo la bendición de Sosístrato, y no necesito deciros que, a pesar de sus buenas apariencias, aquel fingido peregrino era Satán en persona.

El proyecto del maligno fue sutil. Una preocupación tenaz asaltó desde aquella noche el espíritu del santo. ¡Bautizar la estatua de sal, liberar de su suplicio aquel espíritu encadenado! La caridad lo exigía, la razón argumentaba. En esta lucha transcurrieron meses, hasta que por fin el monje tuvo una visión. Un ángel se le apareció en sueños y le ordenó ejecutar el acto.

Sosístrato oró y ayunó tres días, y en la mañana del cuarto, apoyándose en su bordón de acacia, tomó, costeando el Jordán, la senda del Mar Muerto. La jornada no era larga, pero sus piernas cansadas apenas podían sostenerle. Así marchó durante dos días. Las fieles palomas continuaban alimentándole como de ordinario, y él rezaba mucho, profundamente, pues aquella resolución afligíale en extremo. Por fin, cuando sus pies iban a faltarle, las montañas se abrieron y el lago apareció.

Los esqueletos de las ciudades destruidas iban poco a poco desvaneciéndose. Algunas piedras quemadas, era todo lo que restaba ya: trozos de arcos, hileras de adobes carcomidos por la sal y cimentados en betún… El monje reparó apenas en semejantes restos, que procuró evitar a fin de que sus pies no se manchasen a su contacto. De repente, todo su viejo cuerpo tembló. Acababa de advertir hacia el sur, fuera ya de los escombros, en un recodo de las montañas desde el cual apenas se los percibía, la silueta de la estatua.

Bajo su manto petrificado que el tiempo había roído, era larga y fina como un fantasma. El sol brillaba con límpida incandescencia, calcinando las rocas, haciendo espejear la capa salobre que cubría las hojas de los terebintos. Aquellos arbustos, bajo la reverberación meridiana, parecían de plata. En el cielo no había una sola nube. Las aguas amargas dormían en su característica inmovilidad. Cuando el viento soplaba, podía escucharse en ellas, decían los peregrinos, cómo se lamentaban los espectros de las ciudades.

Sosístrato se aproximó a la estatua. El viajero había dicho verdad. Una humedad tibia cubría su rostro. Aquellos ojos blancos, aquellos labios blancos, estaban completamente inmóviles bajo la invasión de la piedra, en el sueño de sus siglos. Ni un indicio de vida salía de aquella roca. ¡El sol la quemaba con tenacidad implacable, siempre igual desde hacía miles de años, y sin embargo, esa efigie estaba viva puesto que sudaba! Semejante sueño resumía el misterio de los espantos bíblicos. La cólera de Jehová había pasado sobre aquel ser, espantosa amalgama de carne y de peñasco. ¿No era temeridad el intento de turbar ese sueño? ¿No caería el pecado de la mujer maldita sobre el insensato que procuraba redimirla? Despertar el misterio es una locura criminal, tal vez una tentación del infierno. Sosístrato, lleno de congoja, se arrodilló a orar en la sombra de un bosquecillo…

Cómo se verificó el acto, no os lo voy a decir. Sabed únicamente que cuando el agua sacramental cayó sobre la estatua, la sal se disolvió lentamente, y a los ojos del solitario apareció una mujer, vieja como la eternidad, envuelta en andrajos terribles, de una lividez de ceniza, flaca y temblorosa, llena de siglos. El monje que había visto al demonio sin miedo, sintió el pavor de aquella aparición. Era el pueblo réprobo lo que se levantaba en ella. ¡Esos ojos vieron la combustión de los azufres llovidos por la cólera divina sobre la ignominia de las ciudades; esos andrajos estaban tejidos con el pelo de los camellos de Lot; esos pies hollaron las cenizas del incendio del Eterno! Y la espantosa mujer le habló con su voz antigua. Ya no recordaba nada. Sólo una vaga visión del incendio, una sensación tenebrosa despertada a la vista de aquel mar. Su alma estaba vestida de confusión. Había dormido mucho, un sueño negro como el sepulcro. Sufría sin saber por qué, en aquella sumersión de pesadilla. Ese monje acababa de salvarla. Lo sentía. Era lo único claro en su visión reciente. Y el mar… el incendio… la catástrofe… las ciudades ardidas… todo aquello se desvanecía en una clarividente visión de muerte. Iba a morir. Estaba salvada, pues. ¡Y era el monje quien la había salvado!

Sosístrato temblaba, formidable. Una llama roja incendiaba sus pupilas. El pasado acababa de desvanecerse en él, como si el viento de fuego hubiera barrido su alma. Y sólo este convencimiento ocupaba su conciencia: ¡la mujer de Lot estaba allí! El sol descendía hacia las montañas. Púrpuras de incendio manchaban el horizonte. Los días trágicos revivían en aquel aparato de llamaradas. Era como una resurrección del castigo, reflejándose por segunda vez sobre las aguas del lago amargo. Sosístrato acababa de retroceder en los siglos. Recordaba. Había sido actor en la catástrofe. Y esa mujer… ¡esa mujer le era conocida!

Entonces un ansia espantosa le quemó las carnes. Su lengua habló, dirigiéndose a la espectral resucitada:

-Mujer, respóndeme una sola palabra.

-Habla… pregunta…

-¿Responderás?

-Sí, habla; ¡Me has salvado!

Los ojos del anacoreta brillaron, como si en ellos se concentrase el resplandor que incendiaba las montañas.

-Mujer, dime qué viste cuando tu rostro se volvió para mirar. Una voz anudada de angustia, le respondió:

-Oh, no… ¡Por Elohim, no quieras saberlo!

-¡Dime qué viste!

-No… no… ¡Sería el abismo!

-Yo quiero el abismo.

-Es la muerte…

-¡Dime qué viste!

-¡No puedo… no quiero!

-Yo te he salvado.

-No… no…

El sol acababa de ponerse.

-¡Habla!

La mujer se aproximó. Su voz parecía cubierta de polvo; se apagaba, se crepusculizaba, agonizando.

-¡Por las cenizas de tus padres!…

 -¡Habla!

Entonces aquel espectro aproximó su boca al oído del cenobita, y dijo una palabra. Y Sosístrato, fulminado, anonadado, sin arrojar un grito, cayó muerto. Roguemos a Dios por su alma.

¿Quién Fue Leopoldo Lugones?

Leopoldo Lugones

Leopoldo Lugones (1874-1938): Fue un escritor argentino nacido en la pequeña localidad de Villa de María del Río Seco ubicada al norte de la Provincia argentina de Córdoba. Su vida constituye, por sí misma, casi una novela gótica llena de misterios, que devino en tragedia. Considerado en su tiempo el más destacado intelectual de su generación y digno heredero de una tradición literaria antes engalanada por Domingo Faustino Sarmiento, Paul Groussac y Amadeo Jaques, entre otros y luego continuada por Jorge Luis Borges, Eduardo Mallea y otros; su obra refleja la variedad y profundidad de su erudición, que discurre por la novela, el cuento, el ensayo, la poesía y el panfleto político. Sin embargo, su personalidad fue problemática y vacilante, lo que se evidencia en sus devaneos políticos, religiosos e ideológicos que lo llevaron a participar de centros ateos, anarquistas, socialistas, liberales, conservadores, religiosos y finalmente fascistas a la par de oponerse al antisemitismo tan en boga en su época; ello sin perjuicio de haber integrado la Sociedad Teosófica y la Masonería, además de mostrar un marcado interés por el ocultismo y de cartearse de manera personal con Albert Einstein, intercambiando sus diferentes puntos de vista sobre distintas cuestiones y a quien llegó a invitar y traer a la Argentina.

Cuando su familia se mudó a la ciudad de Córdoba, ingresó al centenario Colegio Montserrat, donde cursó parte de la secundaria, estudios que nunca llegó a concluir transformándose en un autodidacta. Posteriormente se traslada a Buenos Aires, ya casado y con un único hijo que fue, el tristemente célebre Leopoldo “Polo” Lugones (h), quien en la década del ’30 del siglo XX, sería nombrado Comisario Inspector de la Policía, durante la primera dictadura militar de ese siglo perpetrada por el Gral. José Félix Uriburo. A su peor antecedente, precedió el espeluznante hecho de haber sido acusado de abusar a menores que estaban a su cuidado, delitos por los que nunca fue juzgado; pues el escritor intercedió frente funcionarios lábiles del entonces Presidente Constitucional Hipólito Yrigoyen, ya debilitado por la vejez y rodeado de una camarilla decadente que le ocultaba la realidad.

Muchos que lo conocieron en sus devaneos socialistas, anarquistas y ocultistas, se preguntan en qué momento la mente del escritor pactó con el mal o qué razones lo llevaron al extravío que lo impulsó a ser uno de los ideólogos del nefasto derrocamiento del Gobierno Constitucional de Yrigoyen. Otros consideran que siempre fue igual de oscuro. Pero cualquiera fuere la verdad, sus propias decisiones lo llevaron a tener un trágico final. Discurrió como un extraordinario autodidacta por el más amplio arco del pensamiento que uno pudiera imaginarse, de poseer una erudición formidable no sólo en humanidades sino en ciencias, de traducir jeroglíficos, de conocer idiomas lejanos, de haber viajado por el mundo como diplomático, de haberse transformado en un escritor universal cuyas fuentes abrevan en todas las tradiciones del mundo, por lo que muchos lo consideran el predecesor de la literatura de Jorge Luis Borges (por otro lado un lejano sucesor como Director de la Biblioteca Nacional). Luego de todos estos antecedentes, devino en un pensador colérico y ultraconservador cuyo talento comenzó a inspirar a quienes impondrían una férrea dictadura. El hijo del poeta, Leopoldo “Polo” Lugones; en su función de policía, tendrá el diabólico privilegio de haber creado el invento argentino más atroz de la historia de nuestro país: “La picana eléctrica”, artefacto que a décadas de su creación se sigue usando en todo el mundo como instrumento de violencia, tortura y muerte.

Quienes crean en la ley del karma, podrán adjudicarle a ésta lo que le deparó el destino a Leopoldo Lugones. Cuando se enteró que su mejor amigo -el escritor uruguayo Horacio Quiroga- se quitó la vida bebiendo un vaso con cianuro en el Hospital de Clínicas de Buenos Aires la madrugada del 19 de febrero de 1937; se enojó tanto, que tuvo un comentario despectivo acusándolo de haber elegido “la muerte de las sirvientas”.

En sus últimos años pregonó las costumbres conservadoras y ultra católicas, pero se enamoró perdidamente de una hermosa joven que lo cautivó mientras él daba conferencias en la Universidad de Buenos Aires. Descubierto por los servicios de inteligencia que había instaurado su hijo, éste lo amenazó con destruir a la joven en su reputación y si era necesario de cualquier otra forma. No tuvo más remedio que renunciar a ella. Finalmente esta circunstancia lo llevó a la depresión y al suicidio, ocurrido exactamente un año después que el de su amigo Horacio Quiroga y a la misma hora; una madrugada del 19 de febrero de 1938 ocasión en la que bebió… un vaso de cianuro.

La tragedia siguió acompañando a la descendencia de Leopoldo Lugones. La hija de Polo y nieta del escritor; que había heredado los dones poéticos y narrativos de su abuelo y que fue escritora, periodista, editora y traductora, renegó de las ideas de su padre y decidió militar en el Peronismo de la resistencia durante la proscripción del movimiento peronista, primero lo hizo en las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y luego en Montoneros, ambos grupos guerrilleros que integraban el complejo universo peronista de aquellos años. Quiso también el destino que Susana Lugones Aguirre (hija de un torturador y nieta del gran poeta por parte de padre y del gran músico Julián Aguirre por parte de madre); apodada Pirí Lugones; fuera secuestrada y torturada por la dictadura instaurada entre 1976 y 1983; con el mismo instrumento nefasto que había fabricado su padre; para luego ser arrojado su cuerpo al Rio de la Plata en los tristemente célebres “Vuelos de la Muerte”, muchos estiman que murió un poco antes del Mundial de Fútbol que se jugó en Argentina en 1978.

A la tragedia de un escritor y a sus contradicciones hoy sólo nos queda su obra y las estrofas de versos impregnados de melancolía que rezan:

Al promediar la tarde de aquel día,
cuando iba mi habitual adiós a darte,
fue una vaga congoja de dejarte
lo que me hizo saber que te quería….”

Tal vez dedicados a un amor imposible.

 

 

 

 

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