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¡Qué solos se quedan los muertos!

Rima LXIII de Gustavo Adolfo Bécquer


Óleo del pintor peruano Carlos Baca Flor (1869-1941)

I

Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos
taparon su cara
con un blanco lienzo;
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.
La luz que en un vaso
ardía en el suelo,
al muro arrojaba
la sombra del lecho;
y entre aquella sombra
veíase a intérvalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.
Despertaba el día,
y, a su albor primero,
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterios,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
De la casa, en hombros,
lleváronla al templo
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.
Al dar de las Ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron,
y el santo recinto
quedóse desierto.

 

 

De un reloj se oía
compasado el péndulo,
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
De la alta campana
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila
formando el cortejo.
Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo.
Allí la acostaron,
tapiáronle luego,
y con un saludo
despidióse el duelo.
La piqueta al hombro
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto:
perdido en las sombras
yo pensé un momento:
¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!
En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,

 

de la pobre niña
a veces me acuerdo.
Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan sus huesos…!

||

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es sin espíritu,
podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna
aunque es fuerza hacerlo,
el dejar tan tristes,
tan solos, los muertos!

Gustavo Adolfo Bécquer: “El Poeta de la Melancolía”

[SEPA] Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida (1836-1870), fue el segundo hijo del pintor José Domingo Insáusti y Joaquina Faustina Vargas y creció junto a su hermano Valeriano en el seno de una familia culta, de nobles y comerciantes por el lado paterno. Su padre adoptó el apellido Bécker o Bécquer de sus antepasados flamencos; tradición que siguieron ambos hijos Gustavo Adolfo y Valeriano.

¿Qué dice Wikipedia?


Rimas


Romanticismo
tardío


Leyendas

En la familia Bécquer hubo numerosos de artistas plásticos por generaciones y ambos hijos de José Domingo fueron talentosos dibujantes y pintores, aunque quien abrazó la pasión de la pintura como actividad principal fue su hermano Valeriano, a quien se le debe el icónico retrato de Gustavo Adolfo que ilustra este artículo.

La prematura muerte de su padre, cuando Gustavo contaba con cuatro años, hizo que su talento pictórico perdiera el principal de sus apoyos y a los diez años terminara ingresando al Real Colegio de Humanidades de San Telmo en Sevilla.

Adscripto al romanticismo propio de su época, compone sus primeras rimas para una mujer que habría sido su amante, pero de la que no hay ninguna referencia; algunos de sus biógrafos afirman que la misteriosa dama lo dejó por no compartir su pasión por la bohemia.

Con el tiempo contraerá matrimonio con Casta Esteban y Navarro, una mujer con la que nunca se llevó bien, aunque tuvieron tres hijos. Sin embargo, enfermo de tuberculosis se muda a un convento en Zaragoza por un año, donde escribe gran parte de su producción literaria. Entre las convulsiones políticas de España y sus desavenencias con su esposa vive sus últimos años con su hermano padeciendo secuelas de diferentes enfermedades que lo aquejaban, hasta que finalmente fallece un 22 de diciembre de 1870 a la escasa edad de 34 años. Su obra hubiera permanecida en el olvido si no fuera que su amigo, el pintor Casado de Alisal recaudó fondos para publicarlas.

Lo que pensaba del arte poético Bécquer lo expresa en la reseña que hizo del libro de su amigo Augusto Ferrán “La Soledad”, en estos términos:

“Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua que se mueve con una cadenciosa majestad, habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su hermosura. Hay otra, natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye; y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía. La primera tiene un valor dado: es la poesía de todo el mundo. La segunda carece de medida absoluta; adquiere las proporciones de la imaginación que impresiona: puede llamarse la poesía de los poetas. La primera es una melodía que nace, se desarrolla, acaba y se desvanece. La segunda es un acorde que se arranca de un arpa, y se quedan las cuerdas vibrando con un zumbido armonioso. Cuando se concluye aquélla, se dobla la hoja con una suave sonrisa de satisfacción. Cuando se acaba ésta, se inclina la frente cargada de pensamientos sin nombre. La una es el fruto divino de la unión del arte y de la fantasía. La otra es la centella inflamada que brota al choque del sentimiento y la pasión. Las poesías de este libro pertenecen al último de los dos géneros, porque son populares, y la poesía popular es la síntesis de la poesía.”

 

 

 

 

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