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Poema Negro

Claudio de Alas

Poema Negro

1. Cuando moría me enlazó en su brazo
cual reptil de palpitante raso;
y con voz afiebrada y lastimera,
me dijo que cual última terneza,
y en recuerdo de toda su belleza,
me dejaba su blanca calavera…

2. Que robara a la hambrienta sepultura,
ese último jirón de su hermosura,
que una lívida amante me sería,
y en mis horas, alegres o de duelo,
su alma descendiendo desde el cielo,
a través de sus cuencas me vería…

3. Pasa el tiempo…El ave silenciosa
del recuerdo voló sobre su fosa,
llamándome a cumplir aquél pedido,
que cual lúgubre flor de sus amores,
me dejó en los postreros estertores,
temerosa a los lutos del olvido.

4. Y era de noche. Oscuridad y viento;
la lluvia desgarraba el firmamento;
batida en sus ramajes la espesura;
los jardines tronchados y barridos;
y del mar, el estruendos y los rugidos;
resonando a lo lejos con pavura…

5. Ardiente el corazón, los miembros yertos,
escalé la muralla de los muertos;
y pensando en la súplica postrera
de esa lívida novia del misterio,
me perdí en el profundo cementerio,
porque iba a robar su calavera.

6. Por las calles desiertas y medrosas,
buscando en los letreros de las fosas,
llegué hasta su sepulcro solitario.
El viento en los cipreses sollozaba,
y la lluvia, furiosa, me azotaba,
cual queriendo arrojarme del osario.

7. De una lámpara, sorda bajo el brillo,
su mármol quebranté con un martillo.
Cual fatídico abismo, negro y hondo,
de la tumba la puerta entenebrida
abierta contemple… De entre su fondo,
¡Botó una bocanada corrompida!

8. Y en lo profundo de la negra caja,
entre blancos jirones de mortaja,
la miré desleída y pestilente:
sepultadas sus formas y sus manos,
entre olas hirvientes de gusanos
que tragaban su carne lentamente.

9. En sus sienes, mechones de cabellos,
sus ojos… ¡Ay! como ningunos bellos,
convertidos en cuencas pavorosas;
en su boca, que fue roja granada,
una muda y horrible carcajada,
y su pecho en piltrafas asquerosas.

.

10. De su belleza que radió cual astro,
no había allí tan siquiera un rastro.
Era un informe y corrompido andrajo.
La miré contristado, mudo, inerte:
y medité en los festines de la muerte,
y me hundí en el sepulcro abierto a tajo

11. Temerosas tendiéronse mis manos
al inmenso hervidero de gusanos.
Busqué de la garganta las junturas:
nervioso retorcí, hubo traquidos
de huesos arrancados y partidos…
hasta que hollando vil la sepultura.

12. Hui miedoso entre las sombras crueles,
creyendo que los muertos en tropeles,
levantaban su forma descarnada
corriendo a rescatar su calavera,
esa yerta y silente compañera
de la lóbrega noche de la nada…

13. Eso pasó… fue ayer… hoy, en mi mesa,
cual escombro final de su belleza,
helada, muda, lívida e inerte,
sobre mis libros en montón, reposa,
cual una gigantesca y blanca rosa
que ostentase la risa de la muerte.

14. Sus grandes cuencas, como dos cavernas,
me contemplan inmóviles y eternas.
Atónito, al mirarlas, me figuro
que su alma tal vez huya del cielo,
para, triste, silente y con anhelo,
mirarme allá, desde su fondo oscuro.

15. Entonces con amor llego hasta ella
y cual si fuera, cuando viva y bella,
por sus huesos, mis manos se deslizan:
siento de ansia el corazón opreso,
y en el instante que le doy un beso,
me encuentro ¡Ay! con su macabra risa.

16. Y allá, de la alta noche, cuando escribo,
ante su faz sintiéndome cautivo,
me parece que se abren sus quijadas,
y que en frases muy tiernas, temblorosas,
me pide que le diga blandas cosas,
como en noches amantes y borradas…

17. Y soñando la veo transformarse,
en la bella de entonces y acercarse…
y sentirme yo suyo… y ella mía…
Más, al instante mi pupila advierte,
que no es sino la imagen de la muerte,
que me contempla estática y sombría.

18. Ya llevan mucho tiempo estos amores…
Es ella quien conoce mis dolores,
sueños todos de mi vida entera…
Ella me da la desnudez que viste,
y yo el cariño de mi alma triste,
teniéndola de novia hasta que muera.

19. Y cuando rompa de la vida el lazo,
cual ella a mí, la enlazará mi brazo,
y antes que en mi redor todo sucumba,
le diré como frase postrimera
¡Acompáñame, pobre calavera!
¡Acompáñame, amada, hasta la tumba!

El último de los poetas malditos “Claudio de Alas”

Claudio de Alas

[SEPA] Nacido en Colombia y bautizado como Jorge Escobar de Uribe, el joven poeta que luego adoptó el pseudónimo Claudio de Alas (1886-1918), fue considerado el más destacado entre los poetas malditos hispanoamericanos. Oriundo de Tunja, capital del estado de Boyacá en Colombia, nació en el seno de una familia importante de su país. Su padre fue ingeniero de caminos, uno de sus hermanos llegó a general, jefe del estado mayor del ejército colombiano y edecán del presidente que cedió Panamá, otro hermano llegó a ser senador de la república liberal. El poeta tuvo una vida breve e intensa y un final trágico. En su juventud padeció la guerra de los mil días, una de las tantas guerras civiles en su país que provocó más de cien mil muertos; luego formó parte del ejército que intentó recuperar el istmo de Panamá para Colombia infructuosamente; hasta que finalmente en el exilio recorrió Ecuador, Perú, Chile y Argentina.

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Poetas Malditos
Poetas Malditos

Café Tortoni
Café Tortoni

Los 36 Billares
Los 36 Billares

Durante su estadía en Chile escribió para diario El Imparcial. Entre 1906 y 1916 publicó Salmos de muerte y pecado, Fuego y tinieblas o el drama de la legación alemana y una biografía de Arturo Alessandri. Participó en los Juegos Florales trasandinos que finalmente terminó ganando Gabriela Mistral con sus Sonetos de la muerte en 1914; pero el poeta colombiano obtuvo una mención con un poema titulado Salmo de amor escrito en castellano medieval.

Imágenes históricas del “Café Tortoni”
Imágenes históricas del Café Tortoni.

Claudio de Alas soñaba con triunfar en Buenos Aires, ciudad que era considerada en ese momento una de las capitales culturales del mundo, tanto como París o Viena y por encima de Londres o Madrid.

Pensaba que tener éxito en Buenos Aires “era la gloria más hermosa a la que puede aspirar un poeta” y una vez radicado en la gran capital del plata publicó: El cansancio de Claudio Alas, Visiones y realidades y la novela La herencia de la sangre (publicada post mortem en 1919).

Sin embargo, la Argentina de principios de siglo fue bastante hostil al poeta que terminó desilusionado. De vivir en la tranquila Santiago de Chile, encontró en Buenos Aires una metrópoli arrogante y exótica; pletórica tanto de lujos, champagne y mujeres hermosas como de un turbio bajo fondo, pobreza y crimen.

Trabajó de periodista con discreto desempeño y solía refugiarse en los bares de Avenida de Mayo. Algunos dicen que prefería el café Los 36 billares, cuyo ambiente tanguero le fascinaba entre mujeres de burdeles cercanos y apostadores. Otras tardes frecuentaba el Café Tortoni, refugio de poetas y artistas.

Sin embrago, encontró un lugar para vivir en la quinta de un pintor inglés que vivía en Banfield, una localidad de las afueras de Buenos Aires. Pasaba su tiempo entre la quinta y el centro de Buenos Aires donde intentaba relacionarse sin demasiado éxito con el mundo cultural de la ciudad. Mientras en el campo pudo trabajar en la traducción de Salomé de Oscar Wilde y en su último poemario cuyo título, El Poema Negro, está tomado del último poema que lo integra. Esta obra adscribe a un romanticismo tardío con reminiscencias de Edgar Allan Poe y Amado Nervo y llegó a ser más popular que valorada. De Poe adopta la forma poética narrativa que propone un verdadero argumento gótico estilizado en versos endecasílabos al estilo de su poema El Cuervo y de Nervo la inspiración del poemario La amada inmóvil, que el poeta mexicano dedicó a su amante secreta Ana Cecilia Luisa Dailliez fallecida prematuramente de fiebre amarilla.

Café “Los 36 billares”
Café “Los 36 billares”

Una fresca tarde otoñal de un jueves 5 de marzo de 1918 y luego de una larga caminata por Buenos Aires; llegó a la finca de su amigo impaciente y desilusionado. Su editor nos dejó un único testimonio que nos cuenta:Los 32 años de edad que tenía le pesaban como si hubiera vivido siempre en la opulencia…Atardecía…Encerróse en su habitación. Lloró sobre estos pobres papeles floridos de versos y escribió tres cartas; una fue para su hermano, otra para el pintor que lo hospedaba y la última para un amigo a quien le cuenta sobre ese ‘dolor enorme de sentirse solo ante la vida implacablemente hostil’. Como cumpliendo un extraño pacto de amistad, primero mató al viejo perro que había adoptado. Y el segundo balazo fue para él mismo.”

Así desapareció de este mundo, el último de los poetas malditos.

 

 

 

 

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